La confrontación con Teherán ofrece una clave útil para leer la estrategia rusa: provocar, tensar y desgastar sin cruzar del todo el umbral que forzaría una respuesta decisiva de Occidente.
He venido a leer este articulo sabiendo que seguramente iba a leer cosas que no quería leer, pero he de decir que estoy bastante de acuerdo con el análisis. Sólo no me queda claro por qué Irán, rama chií bastante más amable con el cristianismo que la suní es un adversario de todo occidente (si incluimos a España en él). Lo mismo me pasa con Rusia, no termino de ver que sean adversarios de Europa. Salvo error y corrígeme si me equivoco ha sido occidente el que ido expandiendo la OTAN hasta las puertas de Moscú haciendo caso omiso a lo que decía Kisinger de no tocarle Ucrania a los rusos. Sin ir más lejos Irán está dejando pasar barcos españoles, por lo que queda claro, que están abiertos a comerciar con quien quiera que no amenacen su existencia. Por otro lado no se menciona en ningún momento a Israel, estado instigador de este conflicto en el que EEUU no quería entrar precisamente por todo lo que has comentado de como Irán se ha ido preparando con el tiempo. EEUU sabía esto y por eso no había querido entrar a una guerra directa con Irán. Yo entiendo que Israel tiene su proyecto del gran Israel y quieren controlar la ruta de la seda y el comercio mundial prácticamente y claro, eso pasa por eliminar Irán del mapa. En fin, buena lectura aunque me surgen muchas dudas sobre quién es realmente el adversario no de occidente, si no de los españoles.
Muchas gracias, Sr. Rodríguez, por leer el artículo con esa disposición honesta, incluso anticipando que quizá no coincidiría con partes del análisis. Le agradezco especialmente el tono y la reflexión, porque plantea matices de fondo que son relevantes y que, en efecto, no siempre quedan suficientemente desarrollados en un texto de este formato.
Comparto con usted que una de las grandes dificultades de este tipo de cuestiones consiste precisamente en no deslizarse hacia categorías excesivamente simples, como la de “adversario” entendida en términos absolutos o monolíticos. Ni Irán ni Rusia pueden analizarse de manera enteramente lineal, ni tampoco desde una lógica puramente moral o binaria. Mi intención no era tanto presentar una cartografía cerrada de amigos y enemigos como examinar determinadas lógicas estratégicas, especialmente las relacionadas con la asimetría, la provocación gradual y el desgaste.
También me parece pertinente su observación sobre la diferencia entre rivalidad estratégica y hostilidad indiscriminada. Un Estado puede mantener canales comerciales, modular su comportamiento hacia determinados actores o actuar con pragmatismo en unos planos y, al mismo tiempo, sostener posiciones abiertamente confrontativas en otros. En política internacional las contradicciones aparentes son a menudo parte de la propia estructura de la relación.
En cuanto a Rusia y la expansión de la OTAN, es evidente que se trata de un debate de enorme calado histórico y estratégico, y desde luego no reducible a una sola lectura. Hay una discusión legítima sobre los errores de Occidente, sobre la gestión del espacio postsoviético y sobre hasta qué punto algunas decisiones contribuyeron a agravar percepciones de cerco en Moscú. Ignorar ese ángulo sería empobrecer el análisis. Otra cosa distinta es cómo cada uno valore la legitimidad de las respuestas que Rusia ha ido articulando a partir de ahí.
Respecto a Israel, por supuesto, entiendo bien su observación. En este caso opté deliberadamente por centrar la pieza en la lógica estratégica iraní y en sus paralelismos con Rusia, no porque el papel de Israel sea menor, sino porque introducirlo con el detalle que merece habría desplazado el eje del texto hacia otro debate, igualmente importante, pero distinto.
Y quizá su última reflexión sea la más importante: quién es realmente adversario de quién, y desde qué punto de vista se formula esa pregunta. No siempre coincide la perspectiva de “Occidente”, la de Europa y la de España. Ahí hay, sin dua alguna, una conversación más amplia y seguramente mas interesante que cualquier etiqueta apresurada.
Le agradezco de nuevo la lectura atenta y el comentario, que enriquece el debate con matices que merece la pena tener presentes.
He venido a leer este articulo sabiendo que seguramente iba a leer cosas que no quería leer, pero he de decir que estoy bastante de acuerdo con el análisis. Sólo no me queda claro por qué Irán, rama chií bastante más amable con el cristianismo que la suní es un adversario de todo occidente (si incluimos a España en él). Lo mismo me pasa con Rusia, no termino de ver que sean adversarios de Europa. Salvo error y corrígeme si me equivoco ha sido occidente el que ido expandiendo la OTAN hasta las puertas de Moscú haciendo caso omiso a lo que decía Kisinger de no tocarle Ucrania a los rusos. Sin ir más lejos Irán está dejando pasar barcos españoles, por lo que queda claro, que están abiertos a comerciar con quien quiera que no amenacen su existencia. Por otro lado no se menciona en ningún momento a Israel, estado instigador de este conflicto en el que EEUU no quería entrar precisamente por todo lo que has comentado de como Irán se ha ido preparando con el tiempo. EEUU sabía esto y por eso no había querido entrar a una guerra directa con Irán. Yo entiendo que Israel tiene su proyecto del gran Israel y quieren controlar la ruta de la seda y el comercio mundial prácticamente y claro, eso pasa por eliminar Irán del mapa. En fin, buena lectura aunque me surgen muchas dudas sobre quién es realmente el adversario no de occidente, si no de los españoles.
Muchas gracias, Sr. Rodríguez, por leer el artículo con esa disposición honesta, incluso anticipando que quizá no coincidiría con partes del análisis. Le agradezco especialmente el tono y la reflexión, porque plantea matices de fondo que son relevantes y que, en efecto, no siempre quedan suficientemente desarrollados en un texto de este formato.
Comparto con usted que una de las grandes dificultades de este tipo de cuestiones consiste precisamente en no deslizarse hacia categorías excesivamente simples, como la de “adversario” entendida en términos absolutos o monolíticos. Ni Irán ni Rusia pueden analizarse de manera enteramente lineal, ni tampoco desde una lógica puramente moral o binaria. Mi intención no era tanto presentar una cartografía cerrada de amigos y enemigos como examinar determinadas lógicas estratégicas, especialmente las relacionadas con la asimetría, la provocación gradual y el desgaste.
También me parece pertinente su observación sobre la diferencia entre rivalidad estratégica y hostilidad indiscriminada. Un Estado puede mantener canales comerciales, modular su comportamiento hacia determinados actores o actuar con pragmatismo en unos planos y, al mismo tiempo, sostener posiciones abiertamente confrontativas en otros. En política internacional las contradicciones aparentes son a menudo parte de la propia estructura de la relación.
En cuanto a Rusia y la expansión de la OTAN, es evidente que se trata de un debate de enorme calado histórico y estratégico, y desde luego no reducible a una sola lectura. Hay una discusión legítima sobre los errores de Occidente, sobre la gestión del espacio postsoviético y sobre hasta qué punto algunas decisiones contribuyeron a agravar percepciones de cerco en Moscú. Ignorar ese ángulo sería empobrecer el análisis. Otra cosa distinta es cómo cada uno valore la legitimidad de las respuestas que Rusia ha ido articulando a partir de ahí.
Respecto a Israel, por supuesto, entiendo bien su observación. En este caso opté deliberadamente por centrar la pieza en la lógica estratégica iraní y en sus paralelismos con Rusia, no porque el papel de Israel sea menor, sino porque introducirlo con el detalle que merece habría desplazado el eje del texto hacia otro debate, igualmente importante, pero distinto.
Y quizá su última reflexión sea la más importante: quién es realmente adversario de quién, y desde qué punto de vista se formula esa pregunta. No siempre coincide la perspectiva de “Occidente”, la de Europa y la de España. Ahí hay, sin dua alguna, una conversación más amplia y seguramente mas interesante que cualquier etiqueta apresurada.
Le agradezco de nuevo la lectura atenta y el comentario, que enriquece el debate con matices que merece la pena tener presentes.
Le agradezco su aclaración certera a mis dudas. Es cierto que este tema da para muchos otros textos, por lo que estaré atento.