GROENLANDIA, LA FRACTURA ATLÁNTICA QUE NADIE QUERÍA VER
Ya no es una anécdota: es el test definitivo para la OTAN y para la idea misma de soberanía en el Ártico.
La idea de que Estados Unidos “compre” Groenlandia ha aparecido otras veces como una extravagancia geopolítica. Pero en la primera semana de enero de 2026 el tono cambió: la conversación dejó de ser un brindis al sol y pasó a rozar, abiertamente, el lenguaje de la coerción. La Casa Blanca reconoce que la opción de adquirir la isla está “activamente” sobre la mesa, al tiempo que intenta reafirmar su compromiso con la OTAN.
La escalada no ocurre de imprevisto. Llega inmediatamente después del shock internacional por la operación estadounidense en Venezuela y en un momento en que el Ártico —por rutas, bases, sensores, submarinos y minerales críticos— se está convirtiendo en la frontera estratégica más sensible del Atlántico Norte. Varios gobiernos europeos han respondido con una fórmula inusualmente directa: “Groenlandia pertenece a su pueblo”, y cualquier decisión sobre su futuro compete a Groenlandia y Dinamarca.
En Europa, lo que más inquieta no es la hipótesis de una transacción (improbable), sino la posibilidad de que Washington trate la isla como “terreno clave” cuya titularidad puede forzarse por presión económica, desestabilización política o, en el límite, por amenaza militar. Y esa inquietud tiene un nombre: crisis existencial de la OTAN.
DE LA RETÓRICA A LA CRISIS: UNA SEMANA QUE CAMBIÓ EL MARCO
Entre el 5 y el 7 de enero de 2026, el debate se aceleró a la vista de todos.
Primero, el círculo trumpista volvió a plantear la necesidad de controlar Groenlandia por “seguridad nacional”. Reuters ha ido documentando cómo la administración insiste en el valor estratégico del territorio y en el argumento —discutido por aliados— de una creciente presión rusa y china en el Ártico.
Segundo, el mensaje europeo dejó de ser ambiguo. En una declaración política que, por su tono, busca frenar la deriva antes de que se convierta en hechos consumados, varios líderes aliados recalcaron la soberanía y la integridad territorial como líneas rojas. Reuters lo resumió con una frase que se ha convertido en consigna diplomática estos días: “solo Groenlandia y Dinamarca pueden decidir”.
Tercero, la propia Casa Blanca tensó el debate al admitir públicamente que la opción militar no queda fuera del abanico, aunque a la vez se intente vestir el objetivo con lenguaje de negociación. Ese doble registro —“diplomacia preferida” y, simultáneamente, “todas las opciones”— es parte del problema: reduce el espacio para el gesto discreto y obliga a Europa a contestar en público.
POR QUÉ GROENLANDIA IMPORTA (Y POR QUÉ IMPORTA TANTO AHORA)
Detrás del ruido y la agitación hay tres razones estructurales, bastante estables en el tiempo.
Geografía militar: el cuello de botella del Atlántico Norte
Groenlandia se asoma a la brecha GIUK (Groenlandia–Islandia–Reino Unido), un corredor clave para vigilar movimientos navales y submarinos entre el Ártico y el Atlántico. En términos de defensa de Norteamérica, no es un “extra”: es una pieza de arquitectura. A esto se suma la presencia estadounidense ya existente: la base de Pituffik (con funciones asociadas a alerta temprana y vigilancia) opera bajo acuerdos con Dinamarca. El argumento de varios analistas es que Washington ya dispone de acceso y capacidades; por tanto, el salto a la soberanía no añade automáticamente “más seguridad”, pero sí dispara el coste político.Minerales críticos y cadenas de suministro
El interés por tierras raras, litio, níquel o cobalto —importantes para defensa, baterías y tecnología— se ha convertido en un eje de competencia estratégica. En la narrativa estadounidense, reducir dependencia de China es un objetivo transversal.El Ártico como tablero del cambio climático
El deshielo abre rutas y hace más accesibles recursos. Incluso gobiernos que minimizan el clima como fenómeno político no ignoran su efecto como multiplicador estratégico: nuevas rutas de navegación, más actividad militar y más competencia por infraestructura.
LAS CUATRO VÍAS: DE LO “LEGAL” A LO IMPENSABLE
Si nos ceñimos al derecho internacional y a la práctica histórica, hay cuatro rutas posibles (con grados de plausibilidad muy distintos).
Compra negociada (“Alaska 2.0”)
Sería la única vía plenamente legal: acuerdo entre gobiernos y consentimiento groenlandés. Pero la oposición política en Nuuk y Copenhague la hace, hoy, extremadamente improbable. La insistencia europea en que “Groenlandia pertenece a su pueblo” precisamente busca cerrar esta puerta a cualquier atajo de presión.Coerción económica y diplomática
Aquí la lógica es: castigo comercial a Dinamarca + incentivos directos a Groenlandia. El problema es doble. Primero, desencadena respuesta europea (y probablemente comunitaria) con riesgo real de guerra comercial. Segundo, abre el melón OTAN: ¿qué significa la alianza si un socio usa coerción económica extrema para alterar fronteras de otro? Chatham House subraya que Europa no está inerme: tiene palancas materiales (bases, logística, cooperación) que pueden volverse dolorosas para Washington.Acelerar la independencia para crear un “estado asociado”
Es la vía más “sofisticada”: favorecer que Groenlandia se separe de Dinamarca y, una vez independiente, amarrarla a un pacto de asociación con Washington. Legalmente es un terreno pantanoso: el derecho a la autodeterminación existe, pero la injerencia externa para dirigir el resultado erosiona soberanía y envenena cualquier referéndum. En clave estratégica, sería menos “anexión” y más “protectorado de facto”, con un coste político quizás menor que una ocupación, pero con un potencial enorme de fractura dentro de la OTAN.Intervención directa
En términos jurídicos, sería una violación frontal de la Carta de la ONU y una contradicción interna para la OTAN. Políticamente, sería una detonación: obligaría a Europa a elegir entre “alianza” y “principio”. Nadie quiere recorrer ese camino; por eso la discusión pública sobre la “opción militar” es tan corrosiva incluso si nunca llega a ejecutarse.
EL FACTOR “DOS MESES”
En crisis de este tipo los símbolos importan porque moldean percepciones. La difusión en redes de una imagen asociando Groenlandia a la bandera estadounidense (con el mensaje “SOON”) fue leída como una forma de comunicación política —no necesariamente como plan operativo—, pero sí como un test de reacción. Snopes verificó la existencia y el contexto del post, y el episodio se integró rápidamente en la conversación diplomática europea.
Aquí conviene un matiz: una señal no es una orden de operaciones. Pero en diplomacia, una señal repetida y amplificada puede convertirse en realidad política: obliga a gobiernos a posicionarse, endurece opiniones públicas, y reduce el margen de desescalada discreta.
EUROPA ANTE EL ESPEJO
Una de las lecturas más duras del momento viene del periodista Dave Keating: Europa, dice, habría respondido con tibieza a la intervención en Venezuela y eso habría enviado el mensaje equivocado a Washington. Su tesis es psicológica y estratégica: la percepción de debilidad invita a nuevas demandas; la ambigüedad se interpreta como permiso.
No hace falta comprar toda la tesis para ver el dilema: si Europa reacciona con sobriedad y evita el choque, puede parecer complaciente; si reacciona con dureza, corre el riesgo de acelerar la confrontación que pretende evitar. En ese equilibrio se explica la insistencia en principios universales (soberanía, fronteras, consentimiento) más que en amenazas concretas: es la forma de marcar un límite sin prender fuego al puente.
QUÉ MIRAR EN LAS PRÓXIMAS OCHO SEMANAS
Si el propio presidente fija horizontes temporales (aunque sea como táctica), el periodismo serio debe traducirlo en indicadores observables. Tres señales son especialmente relevantes:
Economía: movimientos hacia aranceles, sanciones selectivas o amenazas comerciales a Dinamarca/UE.
Política interna groenlandesa: financiación, campañas mediáticas, visitas de enviados, promesas de inversión con “condiciones” implícitas.
Seguridad: cambios en postura militar, ejercicios inusuales, o reconfiguración de acuerdos existentes (más allá de la retórica).
En paralelo, la respuesta europea se medirá menos por discursos y más por preparación: coordinación real, planificación de contingencias y una conversación franca —aunque sea incómoda— sobre palancas de presión y líneas rojas. Chatham House lo plantea sin eufemismos: los europeos tienen margen de acción, pero deben estar dispuestos a usarlo.
GROENLANDIA COMO SÍNTOMA
Groenlandia no es solo un trozo de mapa en el Ártico. Es una prueba de estrés del orden atlántico: hasta qué punto las reglas siguen siendo reglas cuando el actor más poderoso decide tratarlas como “preferencias”. Y también es una prueba para Europa: si puede defender principios básicos sin romper el vínculo que sostiene su seguridad desde 1945.
De aquí a marzo de 2026, lo decisivo no será una frase grandilocuente ni un post viral. Será si el Atlántico Norte sigue siendo una alianza de derecho —o si empieza a parecerse, peligrosamente, a una relación de fuerza.



