Irán en la tormenta perfecta
Del colapso del rial al apagón nacional: cuando el régimen deja de gestionar una crisis y empieza a gestionar su supervivencia
INTRODUCCIÓN
Irán ha entrado en una fase de inestabilidad que ya no se explica solo por la economía, aunque la economía haya sido el detonante. Lo que comenzó a finales de diciembre de 2025 en el ecosistema comercial del Gran Bazar —donde el tipo de cambio no es una estadística, sino el precio de cada día— ha derivado en un ciclo de protesta que se extiende por todo el país y, en paralelo, en una respuesta estatal que combina dos gestos inequívocos: endurecimiento coercitivo y oscuridad informativa. (Reuters)
La fotografía del momento es paradójica. Algunas fuentes lo describen como un movimiento todavía más limitado que el de 2022–2023; otras subrayan su alcance territorial y su capacidad de cruzar líneas sociales que solían contener la contestación. Lo relevante, en clave estratégica, no es escoger una etiqueta definitiva, sino observar el umbral que parece haber activado el régimen: cuando el Estado corta internet a escala nacional, suele estar actuando bajo lógica de “amenaza existencial”, no de “orden público”. (Reuters)
TEMAS PRINCIPALES ANALIZADOS
1. El gatillo económico: la moneda como disparador político
El desplome del rial ha funcionado como el catalizador perfecto: golpea a la clase media urbana, desintegra cualquier previsibilidad comercial y destruye la credibilidad de la promesa básica del régimen —estabilidad a cambio de obediencia. Iran International situó el 6 de enero el dólar alrededor de 1,47 millones de riales en el mercado no oficial, en un contexto de “ira pública” por el encarecimiento generalizado. (ایران اینترنشنال | Iran International)
En Foreign Policy, el argumento es más estructural: la crisis monetaria no es un episodio aislado, sino la manifestación visible de un deterioro acumulado (escasez de agua, hambre creciente en sectores que antes quedaban relativamente protegidos y una economía en caída). (Foreign Policy) El resultado es el mismo: cuando la moneda deja de ser “mala” y pasa a ser “inútil”, el régimen pierde su capacidad de administrar el malestar con parches.
2. De la calle al mapa: ritmo, extensión y significado
El 8 de enero, el equipo CTP-ISW registró 156 instancias de protesta en 27 provincias, casi el doble que el día anterior: un dato que, más que certificar tamaño, sugiere aceleración y capacidad de réplica. (Understanding War)
Reuters, citando a HRANA, reportó al menos 34 manifestantes muertos y 2.200 detenidos (con 4 miembros de fuerzas de seguridad fallecidos), describiendo un movimiento que ya se extiende por las 31 provincias. (Reuters) La cifra de víctimas es, por definición, inestable en tiempo real —y más aún bajo apagón—, pero el patrón es consistente: la protesta ha cruzado el eje económico y ha incorporado consignas que cuestionan prioridades ideológicas y regionales (“Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán”, entre otras). (Reuters)
La presencia del bazar importa por lo que simboliza: cuando los sectores comerciales —tradicionalmente pragmáticos— se activan, el régimen interpreta que la fractura ya no es marginal. Reuters sitúa precisamente el origen en el Gran Bazar de Teherán, impulsado por la caída de la moneda. (Reuters)
3. El Estado se prepara para lo peor: IRGC y apagón
Dos señales destacan por encima del resto.
La primera es la intensificación represiva, con empleo de fuerza letal y advertencias públicas de mayor dureza. Reuters describe un “internet blackout” y una represión que ya incluye disparos y arrestos masivos. (Reuters)
La segunda es el apagón digital como tecnología de control. Al Jazeera informó de un corte nacional de internet y de un mensaje de Jamenei que enmarca la protesta como acción de “enemigos extranjeros” y anticipa un “crackdown” más severo. (Al Jazeera) Desde el plano técnico, TechCrunch describió la situación como una casi desconexión total apoyándose en mediciones de firmas de monitorización de red.
Este recurso no es nuevo, pero sí elocuente: cuando el régimen apaga la conectividad, reduce coordinación, ralentiza la difusión de pruebas visuales y crea un vacío que solo puede llenar con su relato. Es una táctica que, por memoria histórica, muchos iraníes asocian a fases de represión especialmente crudas.
4. Kurdistán: el riesgo de una escalada “por diseño”
La expansión del ciclo de protesta hacia zonas kurdas añade una capa de peligro. The Guardian informó de protestas en áreas kurdas con uso de gases lacrimógenos, perdigones y munición real, además de llamamientos a una huelga general por parte de partidos kurdos opositores. (The Guardian)
Para Teherán, la ecuación es doble: teme el “contagio” nacional, pero también la reinterpretación securitaria del conflicto como problema territorial. Ese encuadre —separatismo, militancia, “mano extranjera”— tiende a justificar doctrinas de fuerza más agresivas. Y ahí, el riesgo es que una represión focalizada en periferias no apague el incendio: lo distribuya.
5. El contexto regional: fragilidad exterior, presión interior
Reuters subraya un elemento que, aunque secundario en la calle, pesa en la mente del poder: Irán llega a este episodio con menor margen estratégico regional, tras golpes a aliados y un entorno geopolítico menos favorable. (Reuters) Foreign Policy añade la dimensión estructural (agua y hambre) como parte del “colapso lento” que erosiona legitimidad incluso antes de que alguien salga a manifestarse. (Foreign Policy)
En toda crisis de este tipo hay dos conflictos: el de la calle y el del relato. El régimen acusa a actores externos; Washington, por su parte, amplifica mensajes pro-protesta y entra en una zona de gestos con alto valor simbólico, pero de eficacia incierta y riesgo de alimentar la narrativa oficial. (The Washington Post)
El apagón cumple una función operativa: desorganiza. Pero también tiene una función psicológica: aisla. En ese aislamiento, cualquier rumor puede convertirse en “hecho” y cualquier video filtrado en “prueba total”. Para el análisis serio, esto obliga a una disciplina: priorizar fuentes con verificación (agencias, monitorización técnica, datos de organizaciones de derechos humanos) y desconfiar tanto del triunfalismo opositor como del control narrativo del Estado.
PROSPECTIVA: TRES ESCENARIOS Y UN INDICADOR DECISIVO
El dilema del régimen se resume en una pregunta: ¿puede reimponer el miedo sin romper su propia maquinaria?
Escenario 1: represión dura y estabilización táctica. Es el guion clásico: el Estado recupera control a corto plazo, pero paga con legitimidad y con más dependencia de la coerción como sistema de gobierno.
Escenario 2: concesiones económicas limitadas para fracturar el movimiento. Puede funcionar si la protesta sigue siendo predominantemente material; es menos eficaz si el ciclo ya ha cruzado el Rubicón de la legitimidad.
Escenario 3: fractura gradual del aparato coercitivo. Es el escenario que más teme el régimen y el que más necesita la oposición para transformar protesta en cambio: no tanto “más gente” en la calle, sino menos cohesión en quienes sostienen el monopolio de la fuerza.
El indicador decisivo, por tanto, no es solo el número de concentraciones: es la disciplina interna de las fuerzas de seguridad. Reuters ya apunta a una generación joven “desencantada” y a un desafío que se ha extendido de lo económico a lo ideológico. (Reuters) Si, además, el apagón se prolonga y la violencia escala, será porque el régimen cree que está jugando una partida de supervivencia.



