Qué rico es ser latino: Bad Bunny, la Super Bowl y el nuevo soft power hemisférico
Cómo trece minutos (casi íntegramente) en español ante 128,2 millones de espectadores reordenaron el mapa simbólico de “América”
El domingo 8 de febrero, Benito Antonio Martínez Ocasio —Bad Bunny— protagonizó el show de medio tiempo de la Super Bowl LX en el Levi’s Stadium (Santa Clara, California). Según Nielsen, la actuación fue seguida por 128,2 millones de espectadores en Estados Unidos: una de las audiencias más altas registradas para un halftime show en la era moderna.
El dato relevante no fue solo cuantitativo: fue el significado. La actuación se interpretó mayoritariamente en español, sin traducciones ni concesiones evidentes al marco anglófono. A las pocas horas, la polarización política convirtió el espectáculo en objeto de disputa narrativa. Donald Trump lo atacó públicamente en Truth Social, subrayando que “nobody understands a word this guy is saying”. En el otro extremo, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, lo comentó en su conferencia matutina como un gesto cargado de símbolos y de unidad continental, destacando su mensaje final sobre el amor frente al odio.
La pregunta de fondo para el análisis de relaciones internacionales es directa: ¿puede un evento de entretenimiento masivo operar como dispositivo de soft power? Y si la respuesta es sí, ¿quién lo ejerce hoy: los Estados, las plataformas o los individuos con capacidad de fijar agenda cultural?
Anatomía de un acto simbólico
Joseph Nye definió el soft power como la capacidad de influir a través de la atracción: cultura, valores y legitimidad, en contraste con la coerción del hard power. Durante décadas, el caso paradigmático ha sido el de Estados Unidos: Hollywood, las universidades, la música y el ecosistema mediático como fuentes de influencia global.
La Super Bowl es, en ese sentido, un escaparate clásico del soft power estadounidense. Pero el 8 de febrero se produjo algo llamativo: la cultura no se proyectó solo “desde” Estados Unidos hacia fuera, sino “a través” de Estados Unidos desde un vector latino —caribeño, hispanohablante— que no se tradujo. La clave no fue la presencia latina (no es nueva), sino el cambio de centro de gravedad: la audiencia mainstream tuvo que encontrarse con el artista en sus propios términos.
La puesta en escena reforzó esa lectura. El show combinó referencias a Puerto Rico, códigos de identidad caribeña y una celebración explícita de la latinidad como comunidad cultural transnacional. Hubo apariciones invitadas que enlazaron generaciones de mainstream latino y pop global. Y el cierre articuló una idea insistente: “América” como continente, no como sinónimo exclusivo de Estados Unidos.
La reacción política como termómetro cultural
Que un halftime show active reacciones políticas no es, por sí mismo, excepcional. Lo excepcional fue la nitidez del alineamiento, la polarización en sus reacciones: la discusión giró menos sobre música y más sobre pertenencia.
Trump enmarcó la actuación como ofensa a la “grandeza” y como síntoma de decadencia cultural, insistiendo en la barrera lingüística como argumento político. La lectura no fue meramente estética: fue de identidad. En paralelo, se produjeron reacciones de signo contrario que celebraron el español como parte constitutiva de la realidad estadounidense contemporánea y como puente hemisférico.
Este patrón encaja con una intuición central de Nye: la cultura no es un “decorado” de la política; es un campo de batalla donde se disputan legitimidades, jerarquías y definiciones de “nosotros”. Cuando el conflicto por la frontera, la migración y la soberanía se intensifica, la lengua y los símbolos culturales pasan a ser variables estratégicas.
Soft power sin Estado: el actor no tradicional
Hay un elemento estructural que hace este episodio particularmente relevante: el agente de soft power no es un Estado-nación. Tampoco es una institución diplomática, ni una ONG, ni una gran empresa (aunque el sistema de plataformas sea condición de posibilidad, especialmente el ecosistema Apple). En este caso, es un individuo: un artista con alcance global, con capacidad de arrastre en plataformas y con visibilidad máxima en el evento mediático más observado del país.
En la era digital, esa condición confiere un tipo de agencia internacional que la teoría clásica tendía a subestimar. Un actor cultural puede influir en percepciones colectivas, legitimar causas simbólicas, activar identidades transfronterizas y —crucialmente— obligar a los actores políticos a posicionarse.
Esto no convierte al artista en “diplomático” ni al espectáculo en política exterior. Pero sí obliga a reconocer una realidad: una parte creciente del poder blando circula por canales no estatales y se expresa en disputas culturales internas que, a su vez, tienen proyección internacional.
El español como vector de poder blando
El español no es una lengua marginal en Estados Unidos. Es una realidad demográfica, económica y cultural de largo alcance. Sin embargo, su reconocimiento como lengua legítima del mainstream ha sido históricamente ambivalente: tolerada como mercado, discutida como identidad y, con frecuencia, politizada como frontera.
El valor estratégico del gesto de Bad Bunny fue precisamente ese: normalizar el español en el escenario más simbólico del espectáculo nacional estadounidense. No como “segmento” o “momento latino”, sino como idioma operativo del centro.
El efecto inmediato se observó en el ecosistema de plataformas. Tras el show, el consumo de su música se disparó en Estados Unidos. Axios reportó un aumento significativo de reproducciones al día siguiente, señal de que el evento no solo generó debate: también consolidó atención cultural y mercado.
Política doméstica, proyección exterior
La disputa cultural interna en Estados Unidos tiene consecuencias externas porque afecta a su capacidad de proyectar legitimidad en el hemisferio. La inclusión —o exclusión— simbólica de lo latino en la identidad americana opera como mensaje implícito hacia América Latina: sugiere qué tipo de relación imagina Washington con su entorno regional.
Desde esta perspectiva, el contraste entre la crítica de Trump y el comentario de Sheinbaum no fue anecdótico. Mostró dos narrativas hemisféricas en competencia. Una, centrada en soberanía entendida como cierre identitario. Otra, apoyada en una idea de unidad cultural continental —más sentimental que institucional, pero políticamente usable—.
Precedente e implicaciones
La historia del halftime show muestra que cada época proyecta su propia discusión identitaria: raza, género, protesta, patriotismo, fracturas y reconciliaciones. Bad Bunny introduce una variable distinta: el desplazamiento del eje lingüístico en el corazón del espectáculo nacional.
Si el precedente se consolida, podría acelerar una tendencia ya visible: el soft power estadounidense será cada vez menos “monolingüe” y menos controlable desde el Estado. Se expresará en tensiones internas, en la economía de plataformas y en actores culturales que operan transnacionalmente.
Esto abre oportunidades y riesgos. Oportunidad: una narrativa hemisférica menos asimétrica, con mayor reconocimiento cultural mutuo. Riesgo: que la cultura se convierta en sustituto emocional de la política, en una válvula simbólica sin traducción institucional.
Conclusión: límites del espectáculo, fuerza del símbolo
Conviene evitar dos errores simétricos. El primero, sobredimensionar el impacto político de un show. Un halftime show no cambia por sí solo políticas migratorias, aranceles o prioridades de seguridad. El segundo, subestimarlo. En un ecosistema donde la legitimidad se disputa en pantallas y en las redes, la cultura no solo entretiene: encuadra. Y encuadrar es poder.
Lo ocurrido el 8 de febrero en Santa Clara fue, sobre todo, un re-enfoque: una propuesta sobre quién es “americano”, qué idioma puede ocupar el centro y qué relato del continente se vuelve imaginable ante una audiencia masiva. La pregunta abierta es si esta nueva visión quedará confinado a lo simbólico o si, con el tiempo, influirá en la manera en que sociedades y gobiernos negocian pertenencia, dignidad y reconocimiento en el hemisferio occidental.
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