Kissinger como lente para entender el caos de 2025
Una guía para leer el año en que el orden internacional perdió cohesión
WASHINGTON — En la madrugada del 22 de junio de 2025, mientras gran parte de Estados Unidos dormía, bombarderos B-2 Spirit despegaron de la base aérea de Whiteman, en Misuri. Horas después, en una operación coordinada con misiles Tomahawk lanzados desde submarinos en el Golfo Pérsico, los ataques alcanzaron instalaciones nucleares iraníes. La misión, bautizada como “Midnight Hammer”, cerró una escalada de doce días iniciada con ataques israelíes y seguida por represalias iraníes. El presidente Donald Trump, en un mensaje matutino en redes sociales, afirmó que el programa nuclear de Irán había sido “totalmente obliterado”.
Más allá del impacto inmediato, el episodio condensó algunos de los rasgos que marcaron 2025: diplomacia fallida, decisiones militares de alto riesgo, coordinación imperfecta entre aliados y resultados estratégicos difíciles de medir en tiempo real. El Council on Foreign Relations (CFR) lo situó posteriormente como el tercer evento más significativo del año. En retrospectiva, la operación no sólo fue una crisis, sino un síntoma: una muestra de cómo se ha ido erosionando la capacidad del sistema internacional para amortiguar choques, encauzar rivalidades y producir acuerdos sostenibles.
En ese panorama, la figura de Henry Kissinger —fallecido en 2023— reaparece menos como protagonista histórico que como marco interpretativo. Su obra insistía en que los órdenes internacionales no se sostienen sólo por el poder, sino por la legitimidad: por el grado de aceptación, explícita o tácita, de unas reglas del juego. En 2025, ambas variables se movieron a la vez y en direcciones que no siempre convergieron. Mientras el equilibrio material se reacomoda, la disputa sobre la autoridad de las normas —quién las define, a quién obligan y qué ocurre cuando se incumplen— se ha vuelto más áspera.
La pregunta, en Washington, Beijing y muchas capitales intermedias, se formula con menos retórica que ansiedad: si el orden anterior pierde tracción, ¿qué lo sustituye? Y, en el tránsito, ¿quién conduce de verdad la transición?
PARTE I: LA ARQUITECTURA DEL DESORDEN
El fin de la Pax Americana
“Hemos terminado la era de la Pax Americana”, dijo un alto funcionario de la administración Trump durante una sesión informativa en diciembre, al resumir la nueva Estrategia de Seguridad Nacional. Para algunos, fue una admisión. Para la Casa Blanca, una confirmación: el repliegue selectivo, el enfoque transaccional y la ruptura con ciertos marcos multilaterales formaban parte del diseño, no del accidente.
En los primeros meses del segundo mandato, Trump impulsó una serie de decisiones destinadas a reducir compromisos exteriores y renegociar, en términos de coste-beneficio, la participación estadounidense en instituciones y alianzas. El 20 de enero de 2025, anunció la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París y de la Organización Mundial de la Salud. El 2 de abril, lanzó el “Liberation Day”, con un arancel general del 10% para la mayoría de importaciones y medidas más altas —hasta el 50%— para países específicos. En este marco, las alianzas pasaron a tratarse como contratos revisables: útiles en la medida en que produjeran resultados inmediatos.
En Europa, el debate sobre la OTAN se volvió a tensar. Trump sostuvo que la organización se mantuvo viable porque los aliados finalmente aceptaron gastar el 5% del PIB en defensa, una cifra que, según funcionarios europeos, se discute en privado por sus implicaciones presupuestarias y por la distancia entre compromisos políticos y ejecución real.
Jon B. Alterman, director del Programa de Oriente Medio en el Center for Strategic and International Studies (CSIS), describió el enfoque como una inversión de lo que Kissinger consideraba prudencia estratégica. “Kissinger creía que la previsibilidad reducía los costos y facilitaba la diplomacia”, señala Alterman. “Para Trump, un mundo predecible es un mundo amañado en su contra. La impredecibilidad no es un efecto secundario; es parte del método”.
Esa lógica dejó a los aliados tradicionales en una posición más vulnerable. Ana Palacio, ex ministra de Asuntos Exteriores de España, escribió que Europa se enfrenta a un entorno en el que ya no puede dar por sentado el paraguas de seguridad estadounidense, y en el que Washington ha mostrado señales ambiguas —cuando no abiertamente favorables a Moscú— en torno a las negociaciones sobre Ucrania.
En los términos de Kissinger, un hegemón errático empuja a terceros a buscar coberturas alternativas. Algunos optan por acomodarse; muchos intentan equilibrar la relación diversificando vínculos, fortaleciendo capacidades propias o buscando “autonomía estratégica”. En 2025, esa tendencia ganó tracción: la idea de autonomía dejó de ser un eslogan y se convirtió, al menos en parte de Europa, en un plan de trabajo.
El ascenso normativo de China
Mientras Estados Unidos se replegaba o renegociaba su rol, China se mostró dispuesta a ocupar espacios, aunque con una narrativa cuidadosamente calibrada. En septiembre de 2025, el presidente Xi Jinping presentó ante Naciones Unidas la “Iniciativa de Gobernanza Global” (GGI), la cuarta de una serie de propuestas que buscan influir en las reglas, el lenguaje y las prioridades del sistema internacional.
El mensaje estuvo orientado al Sur Global: soberanía, no injerencia, y una afirmación de igualdad formal entre Estados, “independientemente de su tamaño, fuerza y riqueza”. Presentada como corrección de la jerarquía del orden liberal, la oferta sugiere un sistema más pluralista. Palacio interpretó la estrategia no como una revolución contra el sistema, sino como una alternativa que aspira a parecer continuista, estable y predecible.
Sin embargo, el relato normativo se apoyó también en herramientas de poder duro. En abril y octubre de 2025, en respuesta a los aranceles estadounidenses, Beijing utilizó su posición dominante en tierras raras, insumos críticos para industrias civiles y militares. China concentra en torno al 60% de la minería mundial de estos minerales y cerca del 90% de la capacidad de refinado. Cuando restringió exportaciones de determinados componentes hacia Estados Unidos, el efecto se trasladó rápidamente a cadenas de suministro sensibles. En cuestión de semanas, Trump redujo algunos aranceles.
Un ex funcionario de inteligencia estadounidense, bajo condición de anonimato, describió el episodio como una lección sobre interdependencia: durante décadas, en Washington se asumió que la globalización funcionaba en términos predominantemente favorables a Occidente; 2025 mostró, en cambio, que las dependencias pueden convertirse en palancas.
En clave kissingeriana, la jugada resulta reconocible: convertir una ventaja estructural en capacidad de negociación, alterar el balance de poder y, al mismo tiempo, sugerir una nueva legitimidad —un nuevo conjunto de reglas y prioridades. En esta lectura, China no sólo busca un asiento; busca definir la sala.
PARTE II: EL MUNDO BAJO PRESIÓN
Si la rivalidad entre Estados Unidos y China es el cambio estructural más visible, los conflictos regionales de 2025 funcionaron como síntomas de un sistema más frágil: choques donde las reglas no están claras, los mediadores se discuten y los incentivos para la escalada siguen presentes. Son, en el lenguaje de Kissinger, “fenómenos agudos” que emergen durante transiciones de orden.
Ucrania: la aritmética de la atrición
En el cuarto año de la invasión a gran escala de Rusia, la guerra en Ucrania se consolidó como una contienda de desgaste. Los mapas de los centros de análisis en Washington cambiaron poco durante 2025. Según datos citados por el CFR, Rusia amplió su control territorial en menos de un 1%, con un coste humano elevado: alrededor de mil soldados perdidos por día.
Un analista de defensa europeo lo describió como un cálculo político-industrial más que táctico. La pregunta central dejó de ser quién puede ganar una batalla decisiva y pasó a ser quién puede sostener el esfuerzo, la opinión pública y la producción durante más tiempo.
Ucrania mostró capacidad para proyectar daño en junio con la “Operación Spiderweb”, un ataque con drones que alcanzó cinco bases aéreas en el interior de Rusia. La acción evidenció innovación y audacia, pero no alteró la asimetría demográfica ni el hecho de que la supervivencia ucraniana depende del apoyo externo.
Ese apoyo se volvió menos predecible. Europa acordó a finales de 2025 un préstamo de 105.000 millones de dólares para cubrir dos tercios de las necesidades financieras de Kiev en los próximos dos años, pero la posición de Washington fue ambivalente. Trump insistió en que Kiev “no tiene las cartas” y presionó al presidente Volodymyr Zelensky para aceptar un alto el fuego que, según muchos expertos, se parecería a una capitulación. En Moscú, la señal de fatiga occidental pudo interpretarse como incentivo para esperar más concesiones, de acuerdo con análisis del CFR.
En una lógica de equilibrio de poder, Kissinger habría visto el estancamiento no como final, sino como antesala de un posible arreglo: la diplomacia, sostenía, suele comenzar cuando ambas partes comprenden que una victoria total es improbable. El problema, en 2026, es que el espacio para un compromiso que atienda preocupaciones de seguridad rusas sin comprometer la soberanía ucraniana parece políticamente estrecho.
El choque de dos potencias nucleares: India y Pakistán
En mayo de 2025, una advertencia formulada décadas antes por el presidente Bill Clinton —Cachemira como “el lugar más peligroso del mundo”— volvió al centro del debate. Las tensiones entre India y Pakistán desembocaron en el episodio de confrontación más intenso en medio siglo.
El detonante fue un ataque cerca de Pahalgam, en la Cachemira administrada por India, que mató a 26 personas. Lashkar-e-Taiba, organización con base en Pakistán, fue uno de los principales sospechosos. A diferencia de 2008, cuando Nueva Delhi evitó represalias directas tras los atentados de Bombay, esta vez el primer ministro Narendra Modi ordenó ataques contra lo que denominó “infraestructura terrorista” dentro de Pakistán.
La escalada fue rápida. Pakistán respondió con drones y misiles contra bases militares indias y derribó dos cazas avanzados de India. India atacó sistemas de defensa aérea alrededor de Lahore. Tras tres días de combates, ambos acordaron un alto el fuego.
Trump afirmó haber mediado la tregua; Pakistán respaldó la afirmación y Modi la rechazó. La disputa por el crédito diplomático derivó, según el relato de 2025, en aranceles estadounidenses a exportaciones indias como represalia por la negativa de Nueva Delhi a reconocer el papel de Washington. India, además, suspendió su participación en el Tratado de Aguas del Indo (1960), una medida con potencial impacto en un país —Pakistán— cuya agricultura depende de ese caudal.
Un ex funcionario del Departamento de Estado describió el episodio como el tipo de crisis que los arquitectos clásicos del orden habrían tratado de evitar: dos potencias nucleares en conflicto abierto, sin un marco robusto de contención, y un mediador externo con incentivos políticos propios.
Sudán: la catástrofe prolongada
Mientras las crisis de mayor visibilidad concentraban atención, Sudán atravesó una emergencia humanitaria masiva. La guerra civil entre las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) dejó, según estimaciones citadas por el CFR, unas 400.000 muertes y más de doce millones de desplazados.
La caída de El Fasher en octubre —último bastión de las SAF en Darfur— tras un asedio de 18 meses, fue especialmente violenta. El CFR describió escenas cuyo alcance podía apreciarse en imágenes satelitales, un registro que subraya tanto la magnitud de la violencia como la incapacidad internacional para frenarla.
Ambos bandos contaron con respaldos externos: Egipto, Rusia y Turquía apoyaron a las SAF; Chad, Etiopía y Emiratos Árabes Unidos respaldaron a las RSF. La internacionalización del conflicto complicó cualquier salida negociada. Las perspectivas de una mediación exitosa siguieron siendo reducidas, y la partición de facto del país se convirtió en un escenario cada vez menos hipotético.
Para una lectura centrada en orden y legitimidad, Sudán expuso el punto extremo de la disfunción: un Estado que se fragmenta mientras actores externos contribuyen a sostener la guerra en lugar de crear incentivos para detenerla.
Oriente Medio: equilibrio inestable
La escalada de junio entre Israel e Irán, descrita como la “Guerra de los Doce Días”, ilustró con claridad la rapidez con la que un equilibrio regional puede degradarse. La secuencia —ataques israelíes contra instalaciones de misiles, respuesta iraní, y bombardeos estadounidenses sobre sitios nucleares— mostró superioridad militar, pero dejó abierto el debate sobre sus efectos estratégicos.
Un ex negociador del acuerdo nuclear iraní argumentó que “Midnight Hammer” podría haber retrasado el programa nuclear, pero también reforzó a sectores de línea dura en Teherán y estrechó el margen para una solución diplomática. La pregunta de fondo es si se cambió un problema de proliferación a largo plazo por una crisis de seguridad más inmediata.
El alto el fuego del 24 de junio detuvo la fase aguda, sin resolver las disputas subyacentes. Algo similar ocurrió con el plan de paz para Gaza negociado por la administración Trump en octubre: aunque el Consejo de Seguridad de la ONU lo respaldó, Hamas no mostró señales de desarme, Israel reanudó ataques y ningún país se comprometió formalmente a aportar tropas para una fuerza internacional de estabilización.
Kissinger sostenía que la estabilidad regional suele depender de balances cuidadosamente gestionados, a menudo por actores externos. Con un Estados Unidos volátil y potencias regionales —como Turquía o Arabia Saudita— persiguiendo agendas propias, el equilibrio se volvió más incierto y el vacío fue ocupado por milicias, drones y dinámicas sectarias difíciles de contener.
La guerra en la sombra
Por debajo de los conflictos abiertos, 2025 registró una competencia intensa en inteligencia, operaciones encubiertas y acciones de influencia. Kissinger, que hizo de la diplomacia discreta una herramienta recurrente, habría reconocido la importancia de esa capa menos visible del poder.
En el Cuerno de África, Somalilandia —territorio no reconocido internacionalmente— se consolidó como nodo estratégico para diversas agencias, según reportes en la publicación especializada SpyTalk: el Mossad israelí, el MIT turco, el MSS chino, la CIA y la inteligencia emiratí, entre otras, compitiendo por acceso a rutas marítimas del Mar Rojo y por posiciones logísticas.
En el frente ruso-ucraniano, la guerra de inteligencia alcanzó niveles de sofisticación que alimentaron un ciclo de represalias y humillaciones públicas. Un episodio particularmente ilustrativo fue la operación en la que la inteligencia militar ucraniana (HUR) cobró una recompensa ofrecida por Rusia por el asesinato de un oficial que, en realidad, no había muerto. Más allá del golpe psicológico, el caso mostró la capacidad de operar en un entorno donde el engaño y la narrativa forman parte del arsenal.
Un ex oficial de inteligencia describió el fenómeno como fragmentación del monopolio tecnológico: capacidades que antes estaban concentradas en pocos Estados se han extendido; cuando más actores pueden operar en zonas grises, el riesgo de errores de cálculo aumenta.
En un sistema con reglas debilitadas, la tentación de trasladar disputas a la clandestinidad crece. Y cuando la frontera entre operaciones encubiertas y actos de guerra se vuelve borrosa, la escalada puede llegar por accidente tanto como por decisión.
Europa: un continente en reposicionamiento
Europa encarnó, en 2025, una crisis de doble dependencia: económica y de seguridad. Durante décadas, el proyecto europeo descansó en integración interna y en el respaldo de Estados Unidos. Ese segundo pilar mostró grietas visibles.
Palacio escribió que Europa está “cada vez más expuesta”: no puede asumir que Washington cumpla automáticamente sus compromisos y observa una Casa Blanca dispuesta a tratar asuntos estratégicos con criterios de negociación transaccional. Circularon, además, informes sobre expectativas en la administración Trump de convencer a algunos países de abandonar la Unión Europea, una señal más de la fricción política.
Al mismo tiempo, Europa tampoco encontró una alternativa simple en el orden promovido por China. Aunque no comparte del todo la animadversión estadounidense hacia Beijing, tampoco puede ignorar el papel chino en el sostenimiento de Rusia —en dimensiones tecnológicas, económicas y diplomáticas— durante la guerra en Ucrania.
Un alto funcionario de la UE, bajo anonimato, resumió el dilema: el aliado tradicional trata a Europa como competidor en algunas áreas, mientras la potencia que podría ofrecer cooperación apoya al adversario más inmediato. En esa lectura, el margen de maniobra se reduce.
El equilibrio europeo clásico que Kissinger estudió dependía de múltiples potencias capaces de formar coaliciones cambiantes. La Europa de 2025, fragmentada internamente y dependiente de factores externos para su defensa, carece de esa elasticidad. El año siguiente pondrá a prueba si la Unión es capaz de convertir el diagnóstico —autonomía, cohesión, capacidad industrial— en decisiones efectivas.
PARTE III: KISSINGER ANTE UN MUNDO DIFERENTE
Si Kissinger observara 2025, reconocería dinámicas conocidas: la rivalidad de grandes potencias, la función de la fuerza, la importancia de la credibilidad. Pero también encontraría tensiones que su marco, construido en una era de diplomacia de gabinete y comunicación más lenta, capturaba sólo parcialmente.
La tiranía de la transparencia
Buena parte de la diplomacia de Kissinger dependía del secreto: viajes, negociaciones y canales paralelos fuera del escrutinio público. En 2025, esa práctica se volvió difícil por la hiperconectividad, las filtraciones y el ciclo informativo permanente.
“La diplomacia de hoy se lleva a cabo en un acuario”, dijo un veterano diplomático europeo. Cada gesto se analiza en tiempo real; cada documento filtrado puede producir crisis; cada concesión, por pequeña que sea, se vuelve combustible para la política interna. En ese contexto, se reduce el espacio para conversaciones francas con adversarios y para compromisos que requieren discreción temporal.
La política exterior de Trump, a menudo expresada en mensajes impulsivos, fue el ejemplo más visible. Pero el problema es estructural: la velocidad informativa y la competencia por atención hacen más difícil sostener estrategias de largo plazo, precisamente el tipo de continuidad que Kissinger consideraba indispensable.
La nueva geografía del poder
El marco kissingeriano se centró en el Estado-nación como actor principal. En 2025, el poder se distribuye de forma más difusa: corporaciones tecnológicas, redes criminales, actores no estatales, movimientos transnacionales y capacidades cibernéticas alteran el reparto.
La carrera por la supremacía en inteligencia artificial lo ilustra. Cuando la empresa china DeepSeek anunció en enero de 2025 que había igualado a los mejores modelos estadounidenses sin usar los chips más avanzados de Nvidia, no fue un anuncio gubernamental, sino corporativo. Vladimir Putin había advertido en 2017 que “quien se convierta en líder en esta esfera se convertirá en el gobernante del mundo”; ocho años después, la frase volvió como recordatorio de que el poder estratégico puede nacer fuera de estructuras estatales tradicionales.
La respuesta estadounidense fue irregular. La administración Trump mantuvo y amplió restricciones a la exportación de semiconductores avanzados a China, heredadas de la era Biden, pero a finales de año autorizó a Nvidia a vender chips H200 a China, una decisión criticada por su posible impacto en seguridad nacional.
“¿Cómo se aplica una lógica de contención a una tecnología global impulsada por el sector privado?”, se preguntó un analista de defensa. Los algoritmos cruzan fronteras; la innovación se reparte; y cuando la señal política cambia con frecuencia, empresas y gobiernos encuentran difícil planificar.
En paralelo, el debate sobre IA se cargó de incertidumbre económica. Según el CFR, China podría tener ventaja no sólo por modelos, sino por integración operativa en sectores cotidianos. Los críticos, por su parte, advirtieron tanto sobre escenarios de disrupción laboral masiva como sobre el riesgo de un “fracaso épico” con efectos macroeconómicos.
Kissinger, en sus últimos años, escribió con inquietud sobre la IA. Pero el dilema central de 2025 es práctico: cómo gestionar un orden internacional en el que algunos de los actores más influyentes no tienen fronteras claras ni lealtades nacionales inequívocas.
CONCLUSIÓN: UN INTERREGNO PELIGROSO
En 1954, en su tesis doctoral —más tarde publicada como “Un Mundo Restaurado”— Kissinger examinó la etapa posterior a las guerras napoleónicas: un orden colapsado y una reconstrucción impulsada por estadistas que combinaron fuerza, negociación y un sentido compartido de límites. Su preocupación permanente fue qué ocurre cuando una transición similar se produce sin figuras capaces —o dispuestas— a construir un consenso mínimo.
En 2025, el sistema internacional mostró rasgos de interregno: el orden previo pierde autoridad y el nuevo aún no se consolida. Antonio Gramsci formuló la idea con precisión: cuando “el viejo mundo se muere” y el nuevo tarda en nacer, se abre un claroscuro en el que proliferan riesgos.
Las categorías kissingerianas ayudan a ordenar el paisaje: crisis de legitimidad del orden liberal, reacomodo del balance de poder hacia una rivalidad más nítida entre Estados Unidos y China, conflictos regionales exacerbados por vacíos y ambigüedades. No ofrecen soluciones automáticas. Pero sí un conjunto de preguntas útiles.
Kissinger confiaba en el estadista racional, capaz de tomar decisiones impopulares en nombre de la estabilidad. Ese ideal encaja mal en una era marcada por polarización interna, política de identidad y ciclos informativos que penalizan el matiz. La diplomacia discreta choca con una transparencia radical. Y el Estado-nación, aunque sigue siendo decisivo, ya no monopoliza el poder.
Al final, su legado es menos una receta que una advertencia: un orden estable requiere no sólo fuerza, sino aceptación de reglas; no sólo coaliciones, sino límites; no sólo medios, sino legitimidad. En 2025, esas piezas estuvieron en movimiento simultáneo.
El mundo ha entrado en una fase de transición que Kissinger consideraba especialmente peligrosa. La cuestión abierta no es si la transición puede evitarse —probablemente no—, sino si puede gestionarse sin una ruptura mayor. El margen para el error se ha estrechado. Y, como en casi todas las transiciones de orden, el tiempo —y la política— no suelen esperar.
El veredicto de la historia
Henry Kissinger murió el 29 de noviembre de 2023, a los 100 años. Alcanzó a ver señales del desgaste del orden que ayudó a diseñar, pero no su fase más aguda. Su legado permanece controvertido. Para sus defensores, fue un estratega decisivo en la Guerra Fría. Para sus críticos, un actor que facilitó o toleró atrocidades, desde bombardeos secretos hasta el respaldo a dictaduras.
Ambas lecturas conviven, y ninguna agota el debate. En el plano analítico, su aporte principal fue insistir en que el orden internacional no es un estado natural: es una construcción política que requiere mantenimiento, límites y, sobre todo, un equilibrio —siempre imperfecto— entre poder y legitimidad.
En “Orden Mundial”, escribió que “la tarea de los líderes” es llevar a sus sociedades “desde donde están hacia donde nunca han estado”. En una época de líderes que operan al ritmo del ciclo de noticias, la frase suena más a aspiración que a diagnóstico. Pero subraya el núcleo del problema: la transición en curso exige decisiones con horizonte, no sólo reflejos tácticos.
En 2025, el claroscuro se intensificó. El viejo orden perdió consistencia y el nuevo aún no tomó forma. Si hay una pregunta que persiste —y que atraviesa el debate estratégico contemporáneo— es si el sistema internacional puede encontrar un nuevo equilibrio sin atravesar una catástrofe. La respuesta dependerá menos de metáforas que de decisiones, coaliciones y límites concretos. Y, como tantas veces en la historia, el margen de maniobra puede ser más corto de lo que parece.
Este artículo fue elaborado utilizando fuentes públicas, incluyendo análisis del Council on Foreign Relations, Center for Strategic and International Studies, Project Syndicate, SpyTalk y las obras de Henry Kissinger.



