La Gran Fractura: Crónica de un Orden que se Derrumba
El mundo que perdimos y el que aún no llegó
Hay momentos en la historia en que el ruido ensordece precisamente lo que más importa. Enero y febrero de 2026 han sido, en muchos sentidos, uno de esos momentos. Mientras los titulares de medio mundo se saturaban con las elecciones en Tokio, los vaivenes del oro y las declaraciones de guerra en Oriente Medio, algo más profundo, más lento y quizás más decisivo estaba ocurriendo en las entrañas del sistema internacional: lo que parece ser el fin de una ficción que hemos mantenido durante treinta años.
Esa ficción tenía un nombre oficial: el orden internacional liberal basado en reglas. Tenía instituciones, retórica y, sobre todo, una utilidad práctica. Hoy no ha desaparecido del todo, pero ha perdido lo único que la sostenía: la creencia, suficientemente extendida, de que valía la pena respetarla.
El interregno y sus monstruos
Tanto Pol Morillas, del CIDOB, en el último almuerzo coloquio que celebramos en el Círculo del Liceo, como el European Council on Foreign Relations describe el momento presente como un “interregno geopolítico”: un tiempo en que las viejas reglas siguen formalmente en pie pero ya no gobiernan los asuntos globales, mientras que un nuevo orden —o nuevos órdenes— no han terminado de emerger. Es una descripción precisa, aunque fría. Porque en los interregnos, como advirtió Gramsci hace un siglo en circunstancias muy distintas, surgen los monstruos.
Los monstruos de este interregno no tienen cuernos ni garras. Tienen la forma de un veto en el Consejo de Seguridad que nadie ya cree que cambiará nada, de una cumbre del G7 cuyos comunicados finales nadie lee, de una alianza atlántica que sigue reuniéndose pero que ya no comparte el mismo relato sobre por qué existe. Son monstruos burocráticos, institucionales, narrativos. Y son, precisamente por eso, más difíciles de señalar y combatir.
La administración Trump llegó al poder en enero de 2025 con una visión del mundo que, en el lenguaje de su propia Estrategia de Seguridad Nacional, apenas menciona el “orden internacional basado en reglas” y cuando lo hace, es para referirse a él como un “supuesto” orden —”so-called”, en el original— que las administraciones anteriores usaron, según este relato, para contener a China sin eficacia. En su lugar, la palabra que aparece ocho veces en el documento es “frontera”. No es una metáfora. Es un programa.
Los efectos de este cambio de paradigma se han ido acumulando desde entonces con la lógica implacable de una bola de nieve. En el Foro Económico Mundial de Davos, en enero de 2026, el ambiente fue descrito por Michael Froman, presidente del Council on Foreign Relations, no como “el espíritu del diálogo” —que era el lema oficial del encuentro—, sino como “la realidad del monólogo”. Trump, en sus propias palabras, no solo robó el show; fue el show.
II. El nuevo realismo y sus apóstoles
Lo que algunos analistas han empezado a llamar el “nuevo realismo” no es exactamente una doctrina. Es más bien un estado de ánimo colectivo entre quienes toman decisiones: la aceptación, a veces resignada y a veces entusiasta, de que las reglas ya no rigen y de que cada actor debe labrarse su propio camino.
El discurso más elocuente de esta nueva era no vino de una superpotencia. Vino de Canadá. Mark Carney, primer ministro, articuló en Davos lo que muchos líderes de potencias medias piensan pero no siempre se atreven a decir: que si no estás en la mesa, estás en el menú. Su llamada a una “geometría variable” y a “coaliciones de voluntad” no era retórica; era una respuesta práctica a la constatación de que el paraguas de seguridad y comercio que Washington ofrecía —o al menos fingía ofrecer— ya no puede darse por garantizado.
El término que resumió el espíritu de Davos fue uno que había nacido para describir la estrategia europea hacia China: “derisking”. Reducir la dependencia, diversificar los vínculos, no poner todos los huevos en la misma canasta. Ahora ese término se aplica, con una mezcla de incomodidad y pragmatismo, a Estados Unidos.
Que Canadá haya firmado este mismo mes de enero un acuerdo comercial bilateral con China —algo impensable hace apenas tres años— no es una traición ni un giro ideológico. Es una cobertura. Es lo que hacen los actores racionales cuando las reglas del juego cambian y los árbitros dejan de ser neutrales.
Que Froman, desde el CFR, advierta que “la seducción (flirtation) sola es improbable que supere los factores estructurales militares y económicos que atan a la mayor parte del mundo a Estados Unidos” es igualmente verdad. La autonomía estratégica es, por ahora, más aspiración que realidad. Pero las aspiraciones, cuando se repiten con suficiente convicción en suficientes capitales, acaban moldeando el mundo.
III. El mapa del fuego
Fuera del salón de Davos, el mundo ardía con una literalidad que hacía difícil mantener la compostura analítica.
La guerra de Ucrania entra en su cuarto año sin que ninguna de las partes haya conseguido una victoria decisiva ni las condiciones para una paz duradera. Lissner y Warden, en Foreign Affairs, describen este conflicto como “un tutorial trágico y costoso del conflicto del siglo XXI”. Sus lecciones son incómodas: el riesgo de uso de armas nucleares es real y no puede descartarse; incluso bajo la sombra nuclear, la guerra convencional prolongada es posible; los umbrales de escalada no están fijados de antemano; y la fricción con los aliados sobre tolerancia al riesgo es inevitable. Son cuatro lecciones que ningún ministerio de defensa occidental quería aprender, y que sin embargo ha tenido que integrar en sus doctrinas a marchas forzadas.
Pero Ucrania ya no es el único ni siquiera el más candente de los focos. El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques coordinados contra instalaciones en todo Irán, en una operación que transforma en método lo que era un tabú. La muerte del ayatolá Alí Jamenei —consecuencia directa de esos ataques— representa, en palabras de Kristina Kausch del German Marshall Fund, “una ruptura geopolítica en múltiples niveles que probablemente sacudirá no solo la seguridad de Oriente Medio y los mercados globales de comercio y energía, sino también las suposiciones fundamentales sobre el orden de seguridad internacional”.
Lo que hace esta guerra particularmente grave no es solo su escala inmediata. Es el precedente que establece. Steven Simon, en The Economist, señala que el objetivo declarado de la “contención nuclear” ha sido desplazado por el cambio de régimen como fin real de la operación, aunque nadie en Washington lo llame así oficialmente. El presidente Trump instó públicamente a los iraníes a “tomar el control” de su gobierno. Es el lenguaje del cambio de régimen, vestido con la indumentaria de la liberación.
Los expertos del Atlantic Council advierten que lo que ocurre en Irán no se quedará en Irán. El Estrecho de Ormuz, conducto de aproximadamente el 20% del petróleo comercializado globalmente, es un punto de estrangulamiento cuyo cierre —incluso parcial, incluso temporal— dispararía los precios de la energía a niveles que superarían los picos de crisis anteriores. El euro, ya estructuralmente débil por el bajo crecimiento y el alto endeudamiento europeo, sufriría una presión adicional. Los países importadores de energía del sur de Asia y el África subsahariana entrarían en espiral.
Y, mientras tanto, al sur del Atlántico, una guerra civil en Sudán cumplía el 9 de enero de 2026 sus 1.000 días. Treinta y tres millones de personas —dos tercios de la población— necesitando asistencia humanitaria urgente. Quince millones desplazados. El mayor movimiento de personas del mundo desde la Segunda Guerra Mundial. Y una presencia en los medios internacionales y en las agendas de los think tanks de primer nivel que rozaba el cero absoluto. Que el Council on Foreign Relations le dedicara un párrafo breve es, en este contexto, casi un acto de valentía editorial.
IV. La ansiedad europea y la paradoja de la autonomía
Ningún continente está procesando este cambio de época con más dificultad que Europa. Y ningún continente tiene, al mismo tiempo, más que perder si no acierta en su respuesta.
El Secretario General de la OTAN, Mark Rutte, advirtió en la Conferencia de Seguridad de Múnich con una franqueza inusual en un cargo de su naturaleza: Rusia ha traído la guerra de vuelta a Europa y es necesario prepararse para la escala de conflicto que conocieron generaciones anteriores. No es retórica. El IISS documenta que para 2027, Rusia podría haber recuperado sus capacidades militares previas a la invasión de Ucrania de 2022. El flanco oriental de la OTAN ya sufre incursiones de drones y actos de sabotaje con una frecuencia que la opinión pública occidental apenas percibe.
La respuesta europea ha tomado dos formas simultáneas, no siempre coherentes entre sí.
La primera es el rearme. El gasto en defensa creció el año pasado un 11,4% en términos reales en Europa, impulsado por la percepción de una amenaza existencial. Alemania ha anunciado una inversión de 35.000 millones de euros para desarrollar capacidades militares en el espacio —satélites espía, una constelación de comunicaciones seguras, investigación en láseres ofensivos—, un programa que el General Michael Traut, jefe del Bundeswehr Space Command, presentó como una respuesta a las crecientes amenazas de Rusia y China en la órbita terrestre. La noticia, publicada días después de que el Financial Times revelara que vehículos espaciales rusos podrían haber interceptado las comunicaciones de al menos una docena de satélites clave europeos, adquiere una urgencia particular. Polonia y los países bálticos construyen sistemas de defensa por capas en sus fronteras. Francia y el Reino Unido han firmado la Declaración de Northwood, que establece un marco de coordinación nuclear bilateral con una afirmación rotunda: no hay amenaza extrema para Europa que no provoque una respuesta de ambas naciones.
La segunda forma de respuesta es retórica y, en su misma formulación, revela la contradicción. En Múnich, los líderes europeos se proclamaron independientes con una simultaneidad y una insistencia que resultaba, paradójicamente, reveladora de su dependencia. El primer ministro británico Keir Starmer dijo que Europa debe sostenerse sobre sus propios pies. El ministro de Exteriores francés prometió una Europa fuerte e independiente. Ursula von der Leyen: Europa debe volverse más independiente, no hay otra opción. Y sin embargo, como observó Richard Fontaine del CNAS, los mismos líderes que clamaban por la independencia temían el abandono. El canciller alemán Friedrich Merz admitió sin rodeos: “No podemos garantizar nuestra seguridad por nosotros mismos”. Starmer matizoó que su apuesta por la autonomía “no presagia la retirada de EE.UU.”.
Es la contradicción central de Europa hoy: quiere ser independiente, pero no puede permitirse serlo del todo. Necesita la cobertura nuclear de Washington, las cadenas logísticas de la industria de defensa americana, la red de inteligencia de los Five Eyes. Y al mismo tiempo, la credibilidad de ese paraguas se ha reducido al mínimo. Según la última encuesta del ECFR, menos europeos que nunca consideran a Estados Unidos bajo Trump como “un aliado que comparte nuestros intereses y valores”. La encuesta del Atlantic Council Welcome to 2036, publicada en febrero, añade un dato escalofriante: casi la mitad de los expertos en seguridad internacional consultados cree que la OTAN ya no existirá en su forma actual en diez años.
V. La guerra en la sombra
Bajo la superficie de los conflictos declarados y las cumbres diplomáticas, una guerra distinta y más difusa se libra con creciente intensidad.
Entre el 6 y el 12 de enero, mientras los titulares internacionales estaban dominados por la crisis en Venezuela y las amenazas a Groenlandia, al menos seis cables de comunicaciones submarinos fueron cortados en el fondo del Mar Báltico. Elisabeth Braw, analista del Atlantic Council, lo describió con precisión clínica: “Mientras la OTAN estaba distraída por la crisis de Groenlandia, los ataques pasaron casi desapercibidos”. Es exactamente el objetivo de este tipo de operaciones: explotar la sobrecarga informativa para ejecutar acciones encubiertas de alto impacto estratégico. Los cables submarinos son el sistema nervioso de la economía global —transacciones financieras, comunicaciones gubernamentales, intercambio de datos en tiempo real— y su vulnerabilidad es, en el siglo XXI, el equivalente a la vulnerabilidad de las rutas marítimas en el XIX.
El Instituto RUSI ha documentado un “marcado aumento” en las operaciones híbridas contra estados miembros de la OTAN desde 2022. El sabotaje de infraestructuras, señalan, es “una herramienta central de la guerra híbrida, cuyo uso está creciendo”. Que el buque de carga Fitburg, vinculado a Rusia y retenido por Finlandia en enero por sospechas de sabotaje, apenas generara cobertura mediática es el síntoma más claro del problema: la sociedad occidental no ha desarrollado aún los mecanismos cognitivos para procesar una guerra que no tiene frentes visibles, uniformes reconocibles ni declaraciones formales.
La comunidad de inteligencia estadounidense, entretanto, atraviesa su propia crisis interna. El escándalo de la brecha de seguridad en la aplicación de mensajería Signal ha sido descrito por veteranos de la CIA como “la punta del iceberg”. Los despidos masivos de altos ejecutivos del FBI, sin el debido proceso, han llevado al senador Mark Warner a pedir la dimisión de la Directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard. Múltiples informes indican que los socios de los Five Eyes —Reino Unido, Canadá, Australia, Nueva Zelanda— están “horrorizados” ante la politización de los servicios y que la confianza en el intercambio de información con Washington se ha erosionado peligrosamente. En un momento en que la guerra en la sombra exige precisamente más inteligencia compartida y más confianza institucional, el principal actor de esa arquitectura la está desmantelando desde dentro.
VI. Las grietas internas: polarización y el precio de la complicidad
Las amenazas externas tienen un eco en el interior de las sociedades occidentales que las hace más difíciles de gestionar. Anatol Lieven, en un análisis publicado en Responsible Statecraft, argumenta que la debilidad y la complicidad de los gobiernos europeos ante conflictos como el de Gaza o la guerra contra Irán están radicalizando la política interna con una velocidad que los propios partidos gobernantes no han calculado.
Su ejemplo es una elección parcial en Manchester. Los Verdes, impulsados por el voto de la comunidad musulmana paquistaní y los profesionales blancos progresistas, quedaron primeros. El populista Reform quedó segundo. El Partido Laborista fue relegado al tercer puesto en un escaño que había mantenido durante casi cien años. Los conservadores obtuvieron el 3,2% de los votos. Es una fotografía de una sociedad que se está fragmentando según líneas que los viejos partidos de masas no saben leer.
La polarización tiene su propia lógica de retroalimentación. En la izquierda, la adhesión a agendas culturales progresistas choca con el conservadurismo social de amplias comunidades de origen inmigrante. En la derecha, el deseo de la clase trabajadora de alto gasto social e intervencionismo estatal choca con el de la clase media urbana de fiscalidad baja y desregulación. Estas divisiones, como advierte Lieven, “probablemente solo alentarán a los liderazgos a mantener la unidad aumentando el miedo y el odio hacia sus oponentes políticos”. Es el círculo vicioso de la polarización: cada fractura exige una respuesta que produce nuevas fracturas.
El Informe de Seguridad de Múnich de 2026, titulado Under Destruction, describe una “pérdida generalizada de confianza en reformas significativas y correcciones del rumbo político” y un “creciente sentimiento de impotencia individual y colectiva” entre los ciudadanos de las democracias occidentales. La primera ministra italiana Giorgia Meloni advirtió en la propia conferencia que cualquier división de Occidente beneficia a quienes desean ver el declive no de su poder o influencia, sino de sus principios fundacionales, comenzando por la libertad. No es, viniendo de Meloni, una cita exenta de ironía. Pero tampoco es falsa.
VII. El oro, los bancos centrales y la crisis de confianza en el dinero
Los mercados no mienten, aunque sí confunden. La semana del 26 de enero al 1 de febrero fue, en los mercados de metales preciosos, una de las más turbulentas de la historia reciente. El oro llegó a un récord cercano a los 5.600 dólares la onza antes de desplomarse un 21%. La plata cayó un 40% desde su máximo de 122 dólares. Números que suenan a corrección técnica pero que, debidamente contextualizados, revelan algo más profundo: una crisis de confianza en el dinero como institución.
La teoría del “debasement” (la degradación de la moneda) es la narrativa que mejor explica este comportamiento. En un entorno de deudas públicas récord —la de Estados Unidos alcanza los 38 billones de dólares—, de años de políticas monetarias expansivas y de incertidumbre geopolítica sin precedentes, los inversores buscan activos que no puedan ser devaluados por decisión de un gobierno o un banco central. El oro, que no tiene contraparte, no paga intereses y no depende de ninguna promesa institucional, se convierte en el refugio de quienes han dejado de confiar en las instituciones.
El dato más revelador no está en el precio del metal, sino en quién lo está comprando. Por primera vez desde 1996, los bancos centrales extranjeros poseen más oro en reservas que bonos del Tesoro de Estados Unidos. China, Turquía y otras potencias llevan meses acumulando reservas físicas para reducir su dependencia del dólar. Es, según el análisis de Brookings, una reconfiguración silenciosa del poder financiero global que se mide en toneladas métricas y que anticipa un orden monetario en transición.
Esta dinámica se inscribe en un cuadro más amplio de asedio a las instituciones tecnocráticas que, durante décadas, han sostenido la estabilidad económica. El 13 de enero, en un movimiento extraordinario y sin precedentes, once jefes de bancos centrales —incluyendo los del Banco de Inglaterra y el Banco Central Europeo— firmaron una declaración conjunta de “solidaridad total” con Jerome Powell, presidente de la Fed, que enfrentaba amenazas de investigación penal por parte de la administración Trump. “La independencia de los bancos centrales es una piedra angular de la estabilidad de precios, financiera y económica”, rezaba el documento. El hecho de que ese principio necesitara ser proclamado en una declaración conjunta de emergencia dice más sobre el estado actual de las instituciones que el contenido mismo de la declaración.
The Economist fue uno de los pocos medios en señalar que el problema no es exclusivamente estadounidense. En varios países europeos, futuros gobiernos populistas podrían erosionar la protección que los tratados ofrecen al BCE. El caso de Turquía —donde la interferencia política en el banco central disparó las expectativas de inflación y ahuyentó la inversión— sirve como advertencia de que las consecuencias no son abstractas. El ex presidente del BCE Jean-Claude Trichet declaró a CNBC que la ofensiva de Trump contra la Fed representa “una amenaza para la estabilidad financiera global”. Janet Yellen, en Brookings, advirtió sobre los riesgos de la “dominancia fiscal”, ese estado en que la presión política para financiar déficits insostenibles compromete la capacidad de un banco central para controlar la inflación.
VIII. El orden que viene
Marco Rubio lo dijo con la franqueza brutal que a veces tienen las administraciones que ya no sienten la necesidad de disimular: “El viejo mundo se ha ido, francamente”. Friedrich Merz, canciller alemán, confirmó que el orden de posguerra, “por imperfecto que fuera en sus mejores momentos, ya no existe”.
Son dos frases que resumen, con precisión no exenta de cierta arrogancia, el momento que vivimos. Pero lo que no dicen —lo que nadie dice con claridad, porque nadie lo sabe— es qué viene después.
El debate entre los analistas está genuinamente abierto. Para los realistas clásicos, como Stephen M. Walt, esto no es más que la teoría del equilibrio de poder en acción: nadie debería sorprenderse de cómo el mundo reacciona ante las amenazas de una superpotencia errática. Para los institucionalistas liberales, la erosión de las normas multilaterales es un camino hacia la inestabilidad sistémica. Para una tercera escuela —la de la interdependencia estructural, representada por Froman— los coqueteos con nuevas alianzas tienen límites reales: los factores estructurales militares y económicos siguen atando a la mayor parte del mundo a Estados Unidos, quieran o no.
La paradoja es que todos los actores del sistema buscan hoy una mayor autonomía estratégica, pero ninguno parece capaz de alcanzarla por completo. La Unión Europea necesita a India para diversificar sus cadenas de suministro, pero India prioriza sus relaciones bilaterales con Francia y Alemania sobre un enfoque unificado europeo, y al mismo tiempo no puede alienar a Rusia, su proveedor histórico de armas y energía. India necesita a Europa como contrapeso a China, pero tampoco puede permitirse quemar sus puentes con Washington. Y Estados Unidos, a pesar de su retórica de “America First”, negocia complejos acuerdos sobre bases en Groenlandia para mantener su proyección de poder en el Ártico.
Nadie tiene las manos libres. Nadie tiene la suficiente autonomía. Todos son prisioneros del sistema que dicen querer abandonar.
Lo que sí está claro, tras estos meses de observación, es que la nostalgia por el orden perdido no es una estrategia. Que el debate ya no puede ser sobre cómo convencer a las administraciones actuales de que están equivocadas, sino sobre cómo construir un sistema que pueda operar con o sin ellas, y a veces a pesar de ellas. Y que las sociedades que decidan sentarse a esperar a que pase la tormenta, confiando en que el viento girará y las instituciones se restaurarán solas, corren el riesgo de despertar en un mundo irreconocible en el que ya no tendrán voz.
El historiador Tony Judt escribió, en sus últimos años, que los europeos habían olvidado lo difícil que era construir lo que tenían. Que daban por sentadas cosas que habían costado décadas y millones de muertos. Quizás 2026 sea el año en que esa clase de olvido empiece, finalmente, a resultar demasiado cara.
Este artículo forma parte de la serie monográfica del Boletín de Situación Internacional. Las fuentes primarias utilizadas incluyen análisis del ECFR, Chatham House, el German Marshall Fund, el Atlantic Council, el IISS, el Council on Foreign Relations, War on the Rocks, Foreign Affairs, Responsible Statecraft y el Informe de Seguridad de Múnich 2026, entre otras.



