Boletín de Situación Internacional del 5 al 11 de enero de 2026
2026, el año como de “reajuste global” donde “el transaccionalismo y la paz armada convierten la paz en un activo con rendimientos económicos".
ANÁLISIS PRINCIPAL
La Doctrina Donroe: Del poder como medio al poder como fin
La operación en Venezuela ha materializado una visión del mundo donde el poder no solo justifica, sino que define el derecho. Stephen Miller, una de las voces más influyentes en la órbita de Trump, lo expresó sin rodeos: “Vivimos en un mundo gobernado por la fuerza, por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo que han existido desde el principio de los tiempos”. Esta filosofía representa un rechazo frontal al orden internacional basado en reglas que ha estructurado la geopolítica desde la Segunda Guerra Mundial. Desde el corazón del establishment de la política exterior, la respuesta ha sido de alarma. Michael Froman, presidente del Council on Foreign Relations (CFR), argumenta que este orden no fue una adopción ingenua de “cortesías internacionales”, sino “una decisión concertada de alejarse de las ‘leyes de hierro’ que habían causado tales calamidades”. Froman advierte que el mayor peligro de esta nueva doctrina no es solo moral, sino estratégico, al crear una “estructura de permiso” que podría ser explotada por Pekín y Moscú. Mientras Estados Unidos desmantela las normas, sus principales competidores estratégicos observan y aprenden.
Fareed Zakaria, el influyente analista de CNN y autor de Age of Revolutions, añade una dimensión histórica crucial a este debate. En su columna para Foreign Policy, Zakaria señala que a lo largo de la historia, los países más poderosos han tenido dificultades para encontrar amigos: “Cuando una nación se vuelve dominante, otros tienden a equilibrarse contra ella”. Los vecinos de Rusia se apresuraron a unirse a la OTAN en cuanto fue posible; los vecinos de China en Asia han estrechado sus lazos de seguridad con Estados Unidos y entre sí. Pero Estados Unidos, argumenta Zakaria, ha sido la excepción histórica a esta regla. La buena voluntad construida durante décadas está ahora siendo despilfarrada. Trump, concluye, está “enseñando al mundo a temer a América” en lugar de confiar en ella.
Desde Barcelona, el think tank CIDOB ofrece una perspectiva europea que complementa estos análisis. En su informe “El mundo en 2026”, coordinado por Carme Colomina, CIDOB identifica el año como uno de “reajuste global” donde “el transaccionalismo y la paz armada convierten la paz en un activo con rendimientos económicos”. La tesis central es inquietante: la impunidad del intervencionismo militar está creciendo, al igual que la privatización de los beneficios de una “diplomacia crony” que busca monetizar los procesos de paz. CIDOB advierte sobre una creciente desconexión entre las prioridades de la agenda geopolítica y el descontento de los ciudadanos, una brecha que podría tener consecuencias impredecibles.
Groenlandia: La fractura atlántica que nadie quería ver
A las pocas horas del operativo en Caracas, el equipo de Trump ya estaba hablando del “futuro estadounidense de Groenlandia”, un territorio autónomo de Dinamarca, miembro fundador de la OTAN. Lo que en 2019 parecía una anécdota excéntrica, hoy se ha convertido en el test definitivo para la alianza atlántica. La reacción europea ha sido una mezcla de incredulidad y creciente firmeza. Líderes como Keir Starmer en el Reino Unido y los ministros de exteriores de Francia y Alemania han declarado que el futuro de Groenlandia debe ser decidido por su pueblo y por Dinamarca. Sin embargo, como señala Heather Hurlburt de Chatham House, la falta de una respuesta institucional contundente por parte de la UE o la OTAN solo servirá para “confirmar el sentido de Washington de su irrelevancia”.
Froman, quien visitó Groenlandia con una delegación del CFR, es pragmático: “No la queremos”, argumentando que la adquisición sería económicamente ruinosa (Dinamarca subsidia la isla con 600 millones de dólares anuales) y que el mayor costo sería la “fragmentación de la propia alianza de la OTAN”. Desde una perspectiva de defensa danesa, la advertencia es aún más directa. Jacob Kaarsbo, un ex-analista de inteligencia de defensa danés, afirma que una operación “rápida y sucia” ya no es posible. Dinamarca ha reforzado sus defensas y una fragata alemana está en la zona. Su conclusión es escalofriante: “Espero que los europeos puedan convencer a EE.UU. de que de hecho dispararemos de vuelta. Los soldados estadounidenses volverían a EE.UU. en bolsas para cadáveres”.
La amenaza a Europa, según Hurlburt, va más allá de lo territorial. Es una amenaza a su soberanía cultural y tecnológica, una presión para que los aliados se alineen con la “política doméstica de la administración Trump: sobre gobernanza tecnológica, valores, estado de derecho”. Esta dimensión cultural de la coerción es precisamente lo que CIDOB identifica como parte del nuevo arsenal geopolítico: la instrumentalización de la coerción económica y tecnológica como herramienta de poder.
El futuro de la guerra: Lecciones de inteligencia desde Caracas
El operativo en Venezuela no fue solo una declaración política, sino una demostración tecnológica. Seth Hettena, en su Substack especializado The After-Action Report, ofrece una visión fascinante de las capacidades empleadas. Su frase de apertura es reveladora: “Delta Force no llegó en la oscuridad. La oscuridad llegó primero”. Según Hettena, especialistas en guerra electrónica, en coordinación con satélites avanzados, provocaron un apagón total que desactivó desde el alumbrado público de Caracas hasta las defensas de misiles y radares de fabricación rusa y china, permitiendo una incursión con “virtual impunidad”. Esto confirma lo que muchos analistas sospechaban: el futuro de la guerra ya está aquí, y se libra tanto en el espectro electromagnético como en el terreno.
La operación también ha expuesto las dinámicas de poder en Washington. Jeff Stein de Spytalk informa que la Directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, fue marginada de la planificación desde el verano pasado, y que Trump depende cada vez más del Director de la CIA, John Ratcliffe. Quizás lo más revelador sobre la visión de futuro de la administración es el consejo que, según el Wall Street Journal, la CIA dio a Trump: mantener a figuras flexibles del antiguo régimen en lugar de instalar a líderes democráticos. La conclusión de Spytalk es lapidaria: “Democracia: Fuera. Hombres fuertes: Dentro”.
Este enfoque se alinea perfectamente con la observación de CIDOB sobre la “diplomacia crony”: una forma de diplomacia que prioriza los rendimientos económicos y la estabilidad transaccional sobre los valores democráticos. El rearme tecnológico y militar se intensifica, pero también lo hace, como advierte CIDOB, “la sensación de hartazgo ante el aumento de la disparidad económica y la desconexión entre las prioridades de la agenda geopolítica y el descontento de los ciudadanos”.
El transaccionalismo como nueva normalidad
La convergencia de estos análisis —desde el establishment estadounidense (Froman, Zakaria), pasando por think tanks europeos (Chatham House, CIDOB), hasta fuentes especializadas en inteligencia (Spytalk)— revela un consenso inquietante: estamos presenciando no solo un cambio de administración, sino un cambio de paradigma. El orden internacional basado en reglas, que durante décadas permitió a Estados Unidos proyectar poder sin generar el equilibrio típico contra las grandes potencias, está siendo reemplazado por un sistema transaccional donde la fuerza, la coerción económica y la capacidad tecnológica definen el derecho.
CIDOB identifica este momento como uno de “politunidad” (oportunidad política) para algunos actores: aquellos capaces de navegar el caos transaccional, de encontrar su lugar en un orden aparentemente caótico, o incluso de impactar en él. Pero para la mayoría, especialmente para los aliados tradicionales de Estados Unidos, el panorama es de incertidumbre y riesgo. La pregunta que Froman plantea resuena con fuerza: ¿hemos creado una estructura de permiso que normaliza la agresión unilateral? Si la respuesta es afirmativa, las implicaciones para Taiwán, los Estados bálticos, o cualquier otro punto de tensión geopolítica son profundas.
CAPÍTULO ADICIONAL: IRÁN
Mientras el mundo observaba la audaz operación estadounidense en Venezuela, una crisis de proporciones históricas se desarrollaba en Irán. Las protestas que comenzaron modestamente el 28 de diciembre de 2025 con una manifestación de comerciantes en Teherán contra la depreciación de la moneda se han convertido, en apenas dos semanas, en las mayores manifestaciones antigubernamentales desde que el régimen aplastó el levantamiento “Mujer, Vida, Libertad” de 2022. Pero esta vez, según analistas prominentes, algo es fundamentalmente diferente. Karim Sadjadpour y Jack A. Goldstone, escribiendo en The Atlantic, argumentan que por primera vez desde la Revolución Islámica de 1979, Irán cumple casi todas las cinco condiciones históricas necesarias para que una revolución tenga éxito: crisis fiscal, élites divididas, coalición opositora diversa, narrativa convincente de resistencia y entorno internacional favorable. La pregunta ya no es si el régimen está en crisis, sino si esta crisis es terminal.
La dimensión económica de esta crisis es asombrosa. En 1979, cuando el Shah fue derrocado, un dólar estadounidense valía 70 riales iraníes. Hoy, vale 1.47 millones de riales, una depreciación de más del 99 por ciento en 47 años. Solo en el último año, la moneda ha caído más del 80 por ciento frente al dólar. Como observan Sadjadpour y Goldstone, “la moneda iraní se ha convertido menos en un medio de intercambio que en un índice diario de desesperación nacional”. La inflación general supera el 50 por ciento, mientras que la inflación de alimentos alcanza el 70 por ciento. Para poner esto en perspectiva, los autores señalan que en la política estadounidense, tasas de inflación superiores al 3 por ciento tienden a derribar administraciones. En Irán, la inflación es veinte veces mayor.
Alireza Nader y Nik Kowsar, escribiendo en Foreign Policy, subrayan que esta crisis económica ha cruzado todas las líneas de clase, afectando no solo a los pobres sino también a los comerciantes del bazar, la clase media y la clase alta-media que alguna vez fueron pilares del sistema. El detonante inmediato fue un proyecto de ley presupuestaria, rechazado por el parlamento, en el que el gobierno propuso eliminar el tipo de cambio preferencial de 285,000 riales por dólar. Este mecanismo, ampliamente visto como un canal de distribución de rentas, permitía a las redes conectadas al régimen beneficiarse del diferencial entre las tasas oficiales y el mercado abierto. La propuesta de eliminarlo fue percibida como un ataque a los últimos vestigios de estabilidad económica para la población, mientras la corrupción estructural del sistema quedaba al descubierto.
Las protestas se han extendido a al menos 15 provincias, desde los mercados y universidades de las grandes ciudades hasta pueblos empobrecidos. El Institute for the Study of War (ISW) registró 60 protestas solo el 10 de enero, 25 de las cuales fueron de tamaño mediano y ocho grandes. La respuesta del régimen ha sido brutal: apagón de internet a nivel nacional desde el 8 de enero, y al menos 57 manifestantes muertos confirmados por la oposición iraní. The Guardian tituló su cobertura con una frase escalofriante: “Las calles están llenas de sangre” . Pero a diferencia de 2022, cuando las protestas fueron detonadas por la muerte de Mahsa Amini y se centraron en cuestiones de derechos e identidad, las protestas de 2026 han comenzado como una cuestión de supervivencia económica y se han transformado rápidamente en un movimiento político consolidado que llama al derrocamiento del régimen.
La debilidad del régimen no es solo interna. Geopolíticamente, la República Islámica está en su momento más vulnerable desde su fundación. Sus proxies en la región han sido destruidos: Hezbollah yace destrozado en Líbano, el régimen de Assad ha colapsado en Siria cortando el corredor terrestre iraní hacia el Mediterráneo, y la vaunted fuerza de misiles iraní sufrió un golpe serio durante el conflicto de 12 días con Israel en junio de 2025. Nader y Kowsar argumentan que esta confluencia de debilidad geopolítica y colapso económico interno coloca al régimen en una posición sin precedentes. Teherán y otras ciudades se están quedando sin agua, la economía está en fuerte declive, y más iraníes están pasando hambre, especialmente aquellos que alguna vez fueron la clase media.
El análisis de Goldstone sobre las condiciones para una revolución exitosa es particularmente revelador. Además de la crisis fiscal y la coalición opositora diversa, señala la importancia de las élites divididas y un entorno internacional favorable. Si bien la evidencia de divisiones dentro del régimen es menos visible públicamente, la incapacidad del gobierno para presentar una respuesta coherente a la crisis económica sugiere tensiones internas significativas. En cuanto al entorno internacional, la destrucción de los proxies iraníes y su aislamiento regional crean un contexto donde el régimen no puede proyectar fuerza hacia afuera ni contar con aliados externos para su supervivencia. La pregunta abierta es si la comunidad internacional apoyará activamente a los manifestantes, un factor que podría inclinar la balanza.
Esta crisis iraní ofrece un contraste instructivo con la demostración de poder estadounidense en Venezuela. Mientras Trump y su equipo celebran la capacidad de proyectar fuerza militar y tecnológica para derrocar a un adversario, Irán demuestra que los regímenes autoritarios pueden ser más vulnerables a sus propias contradicciones económicas y a la pérdida de legitimidad interna que a la presión externa. La ironía es palpable: Estados Unidos ha impuesto sanciones severas a Irán durante décadas con el objetivo de cambiar el régimen, pero es el colapso de la moneda, la inflación descontrolada y la corrupción estructural lo que finalmente ha puesto al régimen al borde del abismo. Como observa CIDOB en su análisis sobre el transaccionalismo, la “diplomacia crony” que monetiza los procesos de paz y distribuye rentas a través de mecanismos como el tipo de cambio preferencial puede generar estabilidad a corto plazo, pero crea las semillas de su propia destrucción.
La pregunta que resuena en las capitales de Medio Oriente y más allá es qué tipo de Irán emergería si el régimen cayera. A diferencia de 1979, cuando la oposición tenía un liderazgo claro en la figura del Ayatolá Jomeini, la oposición de 2026 es más difusa, sin un líder único evidente. Esto podría ser tanto una fortaleza como una debilidad: una fortaleza porque dificulta al régimen decapitar el movimiento, una debilidad porque complica la transición hacia un nuevo orden. Lo que está claro es que, por primera vez en casi medio siglo, el futuro de la República Islámica de Irán está genuinamente en duda. Y en un año donde la fuerza bruta parece estar redefiniendo el orden internacional, Irán nos recuerda que el poder sin legitimidad y sin una economía funcional es, en última instancia, insostenible.
TEMAS COMPLEMENTARIOS
Ruptura en el Golfo: La disputa entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos
Mientras la atención de Washington se centraba en Venezuela, una fractura tectónica ha sacudido el Golfo Pérsico. Las tensiones latentes entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos han estallado en una confrontación abierta, con epicentro en Yemen pero con réplicas que se sienten en toda la región. Marc Lynch, un destacado académico de la Universidad George Washington, describe en Foreign Policy una “ruptura dramática” que está forzando a los países de la región a tomar partido. El conflicto escaló en diciembre cuando fuerzas respaldadas por los EAU avanzaron sobre zonas petroleras controladas por los saudíes, provocando un feroz contraataque de Riad que no solo revirtió los avances emiratíes, sino que amenaza con expulsarlos de Yemen por completo.
La batalla en el terreno ha ido acompañada de una virulenta guerra de propaganda. Los medios emiratíes acusan a Arabia Saudí de apoyar a la Hermandad Musulmana, mientras que los saudíes tachan a los EAU de ser anti-islámicos y pro-Israel. Esta disputa, según Lynch, revela profundas diferencias estratégicas sobre el futuro del islam político, las relaciones con Israel y el rol de cada monarquía en el nuevo orden de Oriente Medio. El lenguaje de recriminación mutua recuerda lo peor del bloqueo conjunto contra Qatar (2017-2021), sugiriendo que la unidad del Consejo de Cooperación del Golfo, apenas restaurada, es más frágil que nunca. En un contexto de transaccionalismo global, esta fractura en el bloque tradicional pro-occidental del Golfo abre oportunidades para otros actores regionales y potencias externas.
Crisis en el Sur de Asia: Las tensiones entre India y Bangladesh
Lejos de los titulares sobre el Atlántico y el Golfo, otra crisis con importantes implicaciones regionales se está gestando en el Sur de Asia. Las relaciones entre India y Bangladesh han alcanzado un “punto crítico”, según Michael Kugelman, experto en la región del Atlantic Council, en su columna para Foreign Policy. Simbólicamente, la crisis se ha manifestado en una agria disputa en el mundo del críquet, un barómetro de las relaciones políticas en el subcontinente. Sin embargo, las raíces del conflicto son mucho más profundas, relacionadas con la percepción de la influencia india, el nacionalismo bengalí y las dinámicas políticas internas de Bangladesh.
Kugelman señala que las próximas elecciones en Daca son un punto de inflexión crucial. El resultado podría ofrecer una oportunidad para un “reinicio” en las relaciones, o bien podría exacerbar las tensiones existentes, dependiendo de la postura que adopte el nuevo gobierno hacia Nueva Delhi. Este foco de tensión es un recordatorio de que la reconfiguración geopolítica global tiene manifestaciones diversas y complejas en cada región del mundo. En el contexto del análisis de CIDOB sobre “oportunistas y resistentes”, Bangladesh podría estar buscando su propia forma de navegar entre la influencia india y la necesidad de afirmar su soberanía, un dilema que muchos países medianos enfrentan en la era del transaccionalismo.
SOTTOVOCE: ESPIONAJE Y OPERACIONES ENCUBIERTAS
En el mundo de las sombras, la semana también ha estado marcada por una intensa actividad que revela las dimensiones ocultas del conflicto geopolítico. El operativo en Caracas fue precedido por un “apagón” digital y eléctrico orquestado por especialistas en guerra electrónica de EE.UU., que neutralizaron todas las defensas antes de la incursión. Según Hettena, esto incluyó la desactivación de sistemas de defensa aérea de fabricación rusa y china, una demostración de superioridad tecnológica que no pasará desapercibida en Moscú y Beijing.
Esta demostración de fuerza ha ido acompañada de reajustes en Washington, donde la Directora de Inteligencia Nacional, Tulsi Gabbard, ha sido notablemente marginada de las decisiones clave, en favor del director de la CIA, John Ratcliffe. Esta lucha de poder interna sugiere tensiones sobre el futuro de la comunidad de inteligencia y su rol en la nueva doctrina. Mientras tanto, en Europa, crece la preocupación por la “flota fantasma” de petroleros rusos. Según un informe del Center for European Policy Analysis, estos buques, creados para eludir las sanciones, podrían estar siendo utilizados para operaciones de sabotaje e inteligencia, incluyendo el lanzamiento de drones contra objetivos en Dinamarca, Alemania y otros países europeos.
La guerra de espías entre Irán e Israel también se intensifica. El IRGC iraní anunció el arresto de un “ciudadano extranjero” por espiar para Israel, mientras que las autoridades israelíes afirman haber descubierto 35 casos de espionaje iraní en su territorio desde septiembre, involucrando a ciudadanos israelíes de todos los ámbitos de la vida. Finalmente, el Financial Times ha revelado que hackers vinculados al Ministerio de Seguridad del Estado de China lograron acceder a sistemas de correo electrónico de comités clave del Congreso de EE.UU., incluyendo los de asuntos exteriores, inteligencia y defensa, una penetración que subraya la vulnerabilidad de las instituciones democráticas ante la guerra cibernética.
AGENDA DE LA SEMANA
La agenda de la próxima semana estará marcada por varios eventos clave que podrían ofrecer indicios sobre cómo se desarrollará el año. El 15 de enero se celebrarán elecciones presidenciales en Uganda, donde el veterano presidente Yoweri Museveni se enfrenta a una oposición cada vez más consolidada. El resultado podría ser un indicador de la resiliencia de los regímenes autoritarios en África en un contexto de creciente presión internacional. Del 16 al 18 de enero, la comunidad tecnológica y de seguridad se reunirá en Kobe, Japón, para la 14ª Conferencia Internacional de Ingeniería de Software e Información (ICSIE 2026), un foro crucial para entender el impacto geopolítico de las nuevas tecnologías, especialmente en el contexto de la guerra electrónica revelada en Venezuela.
Finalmente, del 19 al 23 de enero, la élite mundial se congregará en Davos, Suiza, para la Reunión Anual del Foro Económico Mundial. Bajo el lema “Un espíritu de diálogo”, se espera que la situación en Venezuela, las tensiones transatlánticas y la emergente “Doctrina Donroe” dominen las conversaciones en los Alpes suizos. Será particularmente interesante observar cómo los líderes empresariales y políticos europeos articulan su respuesta al nuevo paradigma transaccional, y si logran coordinar una posición común frente a las presiones de Washington. Como señala CIDOB, 2026 pondrá a prueba “los guardrails y las herramientas para lidiar con el transaccionalismo”, y Davos será uno de los primeros escenarios donde se medirá esa capacidad de adaptación.
CONCLUSIÓN
La primera semana de 2026 ha establecido un tono de confrontación y realismo crudo que probablemente definirá el año. La “Doctrina Donroe” no es solo una política, sino una señal de un cambio de paradigma que obliga a aliados y adversarios a recalcular sus posiciones en un orden mundial cada vez más fracturado. Desde las demostraciones de poder tecnológico en Caracas hasta las crecientes tensiones en el Golfo y el Sur de Asia, el mensaje es claro: la era de las “cortesías internacionales” podría estar llegando a su fin, dando paso a un período de competencia geopolítica más directa y brutal.
Como advierte Zakaria, Estados Unidos está despilfarrando décadas de buena voluntad, enseñando al mundo a temer en lugar de confiar. Como señala Froman, estamos creando una estructura de permiso que podría normalizar la agresión unilateral. Y como observa CIDOB, el transaccionalismo y la “diplomacia crony” están convirtiendo la paz en un activo con rendimientos económicos, mientras crece la desconexión entre las élites geopolíticas y el descontento ciudadano. En este contexto, la pregunta no es si el orden internacional cambiará, sino qué tipo de orden emergerá de esta transición, y quién tendrá la capacidad de darle forma.




