Boletín de Situación Internacional del 15 al 21 de diciembre de 2025
Los conflictos a vigilar en 2026: del Estrecho de Taiwán a Sudán, del Mar Rojo al ciberespacio
En 2026, el riesgo ya no se concentra en un puñado de frentes “clásicos”: se dispersa, muta y se vuelve más difícil de contener. Este análisis propone una lectura del Nuevo Desorden Mundial a través de una idea central: la crisis no es solo la acumulación de conflictos, sino la fractura de los criterios con los que el sistema internacional decide qué importa, qué se ignora y qué se financia. Al contrastar las prioridades del CFR, la granularidad empírica de ACLED y la alarma humanitaria del IRC, emerge una taxonomía incómoda: seguridad de grandes potencias versus sufrimiento masivo, prevención estratégica versus parálisis política. Sobre ese telón de fondo, Iraq ilustra la captura del Estado por equilibrios milicianos y presiones externas; Egipto, la estabilidad macroeconómica como espejismo social y la política exterior como gestión defensiva de la fragilidad.
El Advenimiento del Nuevo Desorden Mundial: Un Análisis de la Taxonomía del Conflicto en 2026
El sistema internacional se encuentra en un estado de profunda y peligrosa mutación. El orden liberal de la posguerra, con sus instituciones, normas y alianzas, se está desintegrando, dando paso a una era que el International Rescue Committee (IRC) ha denominado acertadamente el “Nuevo Desorden Mundial”. Esta nueva fase se caracteriza por una paradoja brutal: una proliferación de crisis humanitarias y conflictos violentos que coincide con un colapso del apoyo global y la voluntad política para abordarlos. El número de conflictos armados ha alcanzado su cota más alta desde el final de la Segunda Guerra Mundial, con una proporción creciente de enfrentamientos interestatales que revierte una tendencia de décadas. En este volátil contexto, un análisis comparado de tres informes de prospectiva clave para 2026 —la Encuesta de Prioridades Preventivas del Council on Foreign Relations (CFR), la Lista de Vigilancia de Conflictos de ACLED y la Lista de Vigilancia de Emergencias del IRC— revela no solo los puntos calientes del planeta, sino también las profundas divergencias en cómo se conceptualiza y prioriza el riesgo en la política mundial contemporánea.
El epicentro de la ansiedad en los círculos de política exterior occidentales se articula con mayor claridad en la encuesta anual del CFR, un barómetro del pensamiento del establishment estadounidense. Dirigido por Paul B. Stares, el informe de este año mantiene el “nivel de ansiedad sin precedentes” de su predecesor, clasificando diez contingencias como de Nivel I, la máxima prioridad. La composición de este nivel superior es en sí misma un diagnóstico de la era actual. Los conflictos perennes, como la intensificación de la guerra en Ucrania y la violencia endémica en Israel y los Territorios Palestinos, comparten ahora el escenario con amenazas que reflejan una nueva realidad geopolítica. De manera notable, la encuesta introduce por primera vez la posibilidad de una intervención militar directa de Estados Unidos en Venezuela y el riesgo de enfrentamientos armados directos entre Rusia y un miembro de la OTAN. Igualmente alarmante es el regreso al Nivel I de la violencia política y los disturbios populares dentro de los propios Estados Unidos, una admisión tácita de que la inestabilidad interna se ha convertido en una vulnerabilidad estratégica de primer orden. El panorama de amenazas se completa con la persistente posibilidad de un conflicto entre Irán e Israel, una crisis en el Estrecho de Taiwán, la reanudación de las pruebas nucleares de Corea del Norte —que asciende desde un nivel inferior— y, por primera vez, la ominosa perspectiva de un ciberataque a gran escala contra infraestructuras críticas estadounidenses, habilitado por inteligencia artificial.
Sin embargo, la taxonomía del riesgo del CFR, centrada explícitamente en el impacto sobre los intereses de Estados Unidos, presenta una visión del mundo que difiere marcadamente de la que emerge de un análisis puramente humanitario o basado en datos de conflicto. Esta disparidad de criterio es fundamental para comprender las tensiones del sistema internacional. Mientras el CFR prioriza escenarios que podrían desencadenar una respuesta militar estadounidense, el IRC sitúa en la cima de su lista a Sudán, el Territorio Palestino Ocupado y Sudán del Sur. Sudán, que el IRC describe como “la mayor crisis humanitaria jamás registrada”, es relegado a un Nivel II por el CFR, a pesar de que este último lo considera el conflicto con mayor probabilidad de ocurrencia de los treinta analizados. Por su parte, ACLED, cuyo análisis se basa en datos de eventos de conflicto en tiempo real, corrobora la importancia de muchos de estos puntos calientes, pero añade un enfoque granular sobre las dinámicas subyacentes, como la expansión de la militancia en el Sahel o las luchas de poder geoestratégicas en el Mar Rojo. Esta divergencia no es meramente académica; refleja una fractura en la comunidad internacional entre la priorización de la seguridad de las grandes potencias y la respuesta a las crisis humanitarias que afectan a millones de personas. Como advierte David Miliband, presidente del IRC, “lo que el IRC está viendo sobre el terreno no es un accidente trágico. El mundo no está simplemente fallando en responder a las crisis; las acciones y palabras las están produciendo, prolongando y recompensando”.
El análisis prospectivo también revela la apertura de nuevas fronteras del conflicto. La inclusión de un ciberataque con IA en el Nivel I del CFR y la creciente preocupación por la militarización del Ártico —una de las principales “otras preocupaciones” señaladas por los expertos del CFR— indican que la competencia estratégica se está expandiendo a nuevos dominios tecnológicos y geográficos. Estos desarrollos sugieren que la naturaleza de la guerra y la confrontación está evolucionando más rápido que las estructuras institucionales diseñadas para gestionarlas.
Finalmente, los informes no pueden disociarse del contexto político que los produce. El análisis del CFR contiene una crítica inusualmente directa a la política de la segunda administración Trump, acusándola de haber “desmantelado sistemáticamente los mismos elementos del gobierno de EE.UU. dedicados a la previsión estratégica, la prevención de conflictos y la construcción de paz sin reemplazarlos con nada mejor”. Esta erosión de la capacidad institucional, combinada con una reducción del 50% en la financiación humanitaria global y la parálisis del Consejo de Seguridad de la ONU por el uso del veto, configura un entorno internacional excepcionalmente frágil. A pesar de este sombrío panorama, los expertos del CFR identifican algunas vías para la acción preventiva, señalando la guerra de Ucrania, la crisis de Gaza y la tensión en Taiwán como los escenarios donde la diplomacia estadounidense podría tener mayor influencia. No obstante, la conclusión general es ineludible: el “Nuevo Desorden Mundial” no es una aberración temporal, sino una característica estructural de la era actual. La cuestión para 2026 no es si las crisis ocurrirán, sino si la comunidad internacional responderá con una visión renovada o con una retirada aún mayor que solo puede acelerar la espiral de violencia y desintegración.
Iraq en la Encrucijada: Un Mosaico de Poder Fragmentado
Las elecciones parlamentarias de noviembre de 2025 en Iraq, lejos de despejar el horizonte político, han revelado un mosaico de poder más fragmentado que nunca. Sin un bloque con mayoría decisiva, se ha abierto un período de intensas negociaciones que determinará no solo la formación del próximo gobierno, sino también el delicado equilibrio de poder en una región marcada por la tensión entre Washington y Teherán. El futuro de Iraq, una pieza clave en el tablero de Oriente Medio, se encuentra en un limbo geopolítico donde las lealtades internas y las presiones externas chocan con una fuerza cada vez mayor.
El primer ministro saliente, Mohammed Shia al-Sudani, emerge de las elecciones con una aparente victoria que, paradójicamente, podría costarle el cargo. Su coalición, Reconstrucción y Desarrollo, obtuvo 46 escaños, convirtiéndose en el partido individual más grande. Durante su primer mandato, al-Sudani cultivó una imagen de pragmatismo, enfocándose en la mejora de los servicios públicos y manteniendo a Iraq al margen de los conflictos regionales, una postura que le valió un considerable apoyo popular, especialmente en Bagdad. Sin embargo, su pertenencia nominal al Coordination Framework (CF), una coalición de partidos chiítas respaldados por Irán que se ha convertido en el bloque parlamentario más grande con 197 escaños, se ha convertido en su talón de Aquiles.
Según el analista político iraquí Sajad Jiyad, del think tank The Century Foundation, es “improbable que el Framework apoye la reelección de al-Sudani”. La razón es simple: “La elección del primer ministro tiene que ser alguien que el Framework crea que puede controlar y que no tenga sus propias ambiciones políticas”, afirma Jiyad. El Dr. Ronen Zeidel, del Moshe Dayan Center, coincide, señalando que el 22 de noviembre, el partido de Nouri al-Maliki (Estado de Derecho, 28 escaños) lo nominó formalmente como su candidato a primer ministro, estableciéndolo como el principal competidor de al-Sudani dentro del propio CF. El Framework, habiendo aprendido la lección de Maliki —el único primer ministro en servir un segundo mandato desde 2003, cuya acumulación de poder generó una fuerte oposición—, “no le dará a al-Sudani un segundo mandato porque se ha convertido en un competidor poderoso”.
Este dilema expone la principal disparidad de criterio que define la política iraquí actual: la legitimidad obtenida en las urnas por un líder pragmático frente a la búsqueda de un candidato controlable por parte de una coalición con profundos vínculos con Irán. La necesidad de al-Sudani de alinearse con el Framework para mantener sus perspectivas políticas quedó patente a principios de diciembre, cuando su gobierno se vio forzado a retractar la designación como terroristas del grupo libanés Hezbollah y los rebeldes hutíes de Yemen, ambos aliados de las facciones armadas iraquíes y de Irán, alegando que fue un “error”.
El Creciente Poder de las Milicias
La creciente influencia de las facciones armadas es, quizás, el factor más determinante del nuevo panorama político. La ausencia en las elecciones del poderoso movimiento sadrista, liderado por el clérigo chiíta Muqtada Sadr, que boicotea el sistema político desde 2021, dejó un “vacío electoral que fue explotado por grupos milicianos rivales”, según Hamed Al-Sayed, del partido independiente National Line Movement. Como resultado, los grupos con alas armadas afiliadas han conseguido más de 100 escaños parlamentarios, su mayor representación desde la caída de Saddam Hussein en 2003. El análisis del Washington Institute detalla que solo las alas políticas de las milicias pro-iraníes más notorias (Asaib Ahl al-Haq, Badr, Kataib Hezbollah, etc.) obtuvieron colectivamente 60 escaños, representando el 36% del bloque del Coordination Framework.
Este hecho ha encendido las alarmas en Washington. Estados Unidos ha estado presionando activamente para que Iraq desarme a los grupos respaldados por Irán, una tarea que se antoja casi imposible dado su recién adquirido poder político. Según altos funcionarios iraquíes citados por AP News, la administración estadounidense ha advertido claramente en contra de seleccionar a un primer ministro que controle una facción armada o de permitir que figuras asociadas a las milicias ocupen ministerios clave o puestos de seguridad significativos. El enviado especial de Trump a Iraq, Mark Savaya, ha sido explícito en sus llamamientos públicos para desarmar a las milicias, una postura que señala la preferencia de Washington por la continuidad de al-Sudani.
La respuesta no se hizo esperar. Kataib Hezbollah, una de las milicias más poderosas de Iraq y designada como organización terrorista por Estados Unidos, emitió un comunicado el pasado sábado rechazando cualquier posibilidad de entregar sus armas. “Nuestras armas permanecerán en manos de nuestros combatientes”, sentenciaba el comunicado, condicionando cualquier diálogo con el gobierno a la “salida de todas las fuerzas de ocupación, tropas de la OTAN y fuerzas turcas”.
Un Mosaico de Demandas Cruzadas
La formación de un gobierno se complica aún más por las demandas de las facciones kurdas y suníes, cuyos votos son indispensables para alcanzar una mayoría. El Partido Democrático del Kurdistán (KDP), con 32 escaños, ha vuelto a poner sobre la mesa el control de la rica región petrolera de Kirkuk y una mayor participación en el presupuesto nacional. Por su parte, los partidos suníes, liderados por Taqadum (27 escaños) de Muhammad al-Halbusi, exigen nada menos que la Presidencia de la República —un puesto tradicionalmente reservado para los kurdos—, además de la liberación de prisioneros y una mayor autonomía provincial.
El análisis del Washington Institute sugiere que la única salida viable es una gran coalición de moderados: “Para prevenir que actores agresivos vuelvan a tomar la iniciativa, las facciones kurdas, suníes árabes y chiítas moderadas necesitan unirse durante el período post-electoral y trabajar en tareas fundamentales como implementar la constitución y fortalecer instituciones”. Sin embargo, como concluye el Dr. Zeidel, la expectativa de que “un pequeño círculo de políticos senior, operando bajo las presiones competitivas de Irán y Estados Unidos, determinará en última instancia la identidad del primer ministro ejemplifica la debilidad de las instituciones estatales iraquíes”. Al-Sudani, como sus predecesores, podría descubrir que ganar las elecciones es la parte fácil; el verdadero desafío es sobrevivir a las negociaciones que vienen después.
Egipto y la Paradoja Económica: ¿Estabilidad o Espejismo?
La economía egipcia presenta una paradoja desconcertante. Sobre el papel, el país parece estar capeando la tormenta: la calificación crediticia ha mejorado, el crecimiento del PIB se acelera y la inflación se ha enfriado. Masivas inyecciones de capital, incluyendo un acuerdo de 35 mil millones de dólares con los Emiratos Árabes Unidos, un préstamo ampliado de 8 mil millones del FMI y una reciente inversión de casi 30 mil millones de Qatar, han estabilizado la libra egipcia y asegurado la disponibilidad de dólares, un alivio para los negocios que dependen de las importaciones. Sin embargo, bajo esta superficie de aparente estabilidad macroeconómica, persiste una profunda crisis social y una política exterior cada vez más reactiva y limitada.
El análisis de Chatham House es contundente, describiendo la política exterior del presidente Abdel Fattah El-Sisi como “demasiado poco, demasiado tarde”. A pesar de un activismo superficial en frentes como la mediación en Gaza, la realidad es que Egipto ha sido marginado en un nuevo orden regional donde Washington prioriza sus relaciones con Israel y los estados del Golfo. Este enfoque reactivo, dictado por la supervivencia del régimen y una economía en dificultades, tiene consecuencias tangibles. En Sudán, por ejemplo, la vacilación inicial de El Cairo para apoyar a las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) ha permitido avances significativos de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), haciendo una posible intervención futura “significativamente más costosa y peligrosa”.
La crisis económica, aunque mitigada por la ayuda externa, sigue siendo el principal lastre. Los ingresos del Canal de Suez, una fuente vital de divisas, se desplomaron de más de 10 mil millones de dólares en 2023 a aproximadamente 4 mil millones en 2024 debido a los ataques hutíes en el Mar Rojo. Un artículo de Al Jazeera del 5 de diciembre subraya la desconexión entre los indicadores macroeconómicos y la realidad de la población. Mientras los negocios de exportación se benefician de una moneda devaluada y la disponibilidad de divisas, el poder adquisitivo interno no ha mejorado y la actividad del sector privado no petrolero sigue en contracción.
El economista político Osama Diab, en declaraciones a Al Jazeera, argumenta que las inyecciones de capital “principalmente tratan los síntomas” y no resuelven los problemas estructurales. “El dinero se usa principalmente para pagar deudas, y no en actividades que generen ingresos o empleos. Eso significa que la vasta mayoría de ciudadanos no sentirá ninguna mejora”, afirma. Esta visión es compartida por The Economist, que en su edición “The World Ahead 2026” destaca que, si bien el régimen ha evitado el colapso, lo ha hecho a costa de un empobrecimiento de su población y una creciente dependencia de sus acreedores del Golfo, quienes cada vez más exigen activos estatales a cambio de su apoyo.
Esta dependencia y la crisis interna explican la política exterior de Sisi. Su acercamiento a Qatar y Turquía, antiguos rivales, es visto por Chatham House como una maniobra para crear un contrapeso ante un posible segundo mandato de Donald Trump, quien favorece un orden regional centrado en el Golfo. Sin embargo, la conclusión de los analistas es pesimista. El Cairo probablemente evitará cualquier confrontación directa con Israel o EE.UU. y su política exterior “continuará careciendo de la planificación estratégica a largo plazo necesaria para dar forma significativamente a la geopolítica regional en 2026”. La paradoja egipcia persiste: un estado geopolíticamente “demasiado grande para caer”, pero económicamente demasiado frágil para liderar.
Sottovoce: Espionaje y Actividades Encubiertas
La “Zona Gris” de Putin: Preparando una Guerra con la OTAN para 2029.
La nueva directora del MI6, Blaise Metreweli, advirtió en su primer discurso público que Rusia está probando a Occidente “en la zona gris con tácticas que están justo por debajo del umbral de la guerra”. Esta advertencia fue corroborada por la inteligencia alemana, que emitió una comunicación oficial declarando que “como mínimo, Rusia está creando la opción para sí misma de hacer la guerra contra la OTAN para 2029”. Las operaciones incluyen un aumento de los vuelos de drones sobre bases navales alemanas, el contrabando de agentes de inteligencia al Reino Unido a través de barcos de carga, y ciberataques del GRU contra infraestructuras críticas de EE.UU., incluyendo instalaciones de agua potable en Texas y un aeropuerto regional en Missouri.
Eliminación del Jefe de Operaciones Encubiertas del GRU.
El general Andrey Averyanov, jefe de la unidad del GRU responsable de los envenenamientos de Salisbury en 2018, fue eliminado en un ataque de dron ucraniano contra un petrolero de la “flota fantasma” rusa en el Mediterráneo, según informes de medios pro-ucranianos. La investigación oficial británica sobre Salisbury concluyó que la operación fue autorizada “al más alto nivel, por el presidente Putin”.
El Espía de “The Americans” Lidera la Infiltración Tecnológica en India.
Andrei Bezrukov, el ex espía ruso cuya vida inspiró la serie “The Americans”, está liderando un esfuerzo del Kremlin para cooptar el sector tecnológico de la India. El objetivo es forjar una alianza tecnológica dentro de los BRICS para contrarrestar a Occidente, pero documentos internos revelan que la verdadera intención es “abrir el camino para que Rusia infiltre los sistemas de estos países”.





